Todos nosotros, de Javier Menéndez Flores

El escritor Javier Menéndez Flores rinde homenaje a su ciudad natal en ‘Todos nosotros’, un thriller policiaco que arranca en 1981 con la desaparición de tres jóvenes en algunos de los bares más míticos de Malasaña

Por Aida M. Pereda

Madrid, 1981. Una joven es atropellada mortalmente una fría madrugada de noviembre. Se llamaba Elena Vicuña y llevaba desaparecida dos semanas. Todo parece indicar que huía, pero ¿de quién? La última vez que se la vio con vida estaba bailando en la pista de un local de moda.

Elena era hija de un matrimonio bien posicionado, con amistades en los ambientes de poder, que no entiende qué le puedo pasar pasar para que tuviera ese trágico final. Están dispuestos a hacer lo que sea con tal de esclarecer los hechos y así se lo hacen saber al joven inspector Diego Álamo y al veterano Roberto Guzmán. No es la única joven que desaparece. Poco después de su atropello desaparecen otras dos chicas, Ana Casado y Patricia Feijoo, tras visitar distintos bares y discotecas de Malasaña.

En su búsqueda, Diego Álamo y Roberto Guzmán visitarán La Víca Láctea, el Penta o la discoteca Joy Eslava, referentes de la Movida Madrileña. Hablarán con vecinos de Carabanchel, el barrio donde fue atropellada Elena, e investigarán los círculos íntimos de las jóvenes desaparecidas en un intento de saber qué pasó con ellas, pero la solución al misterio tardará en llegar muchos años.

Éste es el germen de la nueva novela de Javier Menéndez Flores, ‘Todos nosotros’, donde aúna dos de sus grandes pasiones, la música y el thriller. Charlamos con él para conocer las claves que encierran esta absorbente trama.

-Muy conocido por tus biografías musicales de históricas figuras como Sabina o Extremoduro, nos presentas ‘Todos nosotros’, tu cuarta novela, la tercera policíaca. ‘El hombre que no fui’ -que escribiste con Melchor Miralles- sobre el caso Urquijo y ‘El adiós de los nuestros’, son tus predecesoras en este género. ¿Qué es lo que te gusta tanto del thriller para que regreses de nuevo a él?

-Soy un gran consumidor de thrillers y de películas policíacas, de suspense y de misterio. Es verdad que ocurren crímenes todos los días, pero en las vidas de las personas normales, de los ciudadanos de a pie, no es frecuente conocer gente a la que le han pegado un tiro. Eso sólo pasa en las películas o en las novelas.

Además, me parece que explican muy bien el tiempo y la sociedad en la que se suceden, porque cuando tú quieres hacer una buena película o una buena novela criminal, tienes que explicar muy bien el contexto histórico y social en el que se desarrolla la acción. 

Y luego, este género tiene ese componente que es el misterio, el suspense, que resulta tan emocionante. Porque no es lo mismo leerse una novela de la que llevas 150 páginas leídas y no ha pasado absolutamente nada, que una novela como ‘Todos nosotros’, que arranca con un misterio que recorre sus 536 páginas y que mantiene atrapado al lector hasta el final. 

Eso el lector lo agradece. Sobre todo si trabajas en un banco o en una compañía de seguros, que lo que quieres cuando llegas a casa es un poco de rock’n’roll. Y las novelas negras son puro rock’n’roll. Es decir, hay novelas literarias en las que lees 200 páginas y son un mar en calma, pero a una novela criminal yo le exijo que sea pura tempestad. Yo quiero que sea una borrasca, quiero que me moje la lluvia y que el viento me dé en la cara. Tienen que pasar cosas, porque si no no te lees una novela criminal, ¿no?

-La historia de ’Todos nosotros’ entronca de alguna manera con ‘Los desolados’, que no he tenido ocasión de leer porque está descatalogada, historia en la que partías de un componente autobiográfico para construir la radiografía de una generación y donde hablabas de soledad, de descontento profesional o del papel del entorno urbano como aplificador de estas emociones. No sé si hay algo de eso aquí. Creo intuir que sí, pero igual me equivoco…

-Te agradezco la pregunta. Está muy bien traída porque ‘Los desolados’ es una novela muy autobiográfica. Así suelen ser las óperas primas de los escritores. El personaje principal tenía muchos rasgos reconocibles en mi propia persona. En ‘Todos nosotros’ he tratado de distanciarme todo lo posible, pero hay una cosa que es inevitable y es que el escritor siempre va a imprimir rasgos de su propia vida y de su propia persona en aquello que escribe.

Estoy con Borges cuando dijo aquello de que una persona que escribe más de cien páginas, aunque sea una biografía y esté hablando de otro, está volcando cosas de sí mismo. Y bueno, en ese sentido seguro que en ‘Todos nosotros’ hay muchas cosas de mí, pero he hecho todo lo posible porque no estuvieran y porque no fueran visibles.

En ese sentido yo diría que es mi novela menos autobiográfica y he tratado que sea así. Sin embargo hay pensamientos de distintos personajes que sí coinciden con mi modo de pensar y otros radicalmente no, pero porque es inevitable.

El escritor y periodista Javier Menéndez Flores.

-Se trata además de una novela muy coral…

-Sí. Es una novela con muchos personajes. Estamos hablando de una novela de largo aliento, son 544 páginas, entonces los personajes tienen un gran peso en la narración, no son meros figurantes. He tratado de huir del tópico del género negro, porque suelen dibujar a unos personajes que o bien son superhéroes o bien son antihéroes, y yo, sin embargo, he querido hablar de gente normal, de carne y hueso, ciudadanos de a pie, como tú y como yo, que tienen sus pasiones, sus miedos… porque era la única manera de que el lector se sienta identificado con ellos. 

En el género criminal es inevitable el maniqueísmo, porque está el bien y está el mal, pero es que en la vida también está el bien y está el mal. Hay gente que es mala y gente que es buena. Hablar de un santo es más difícil porque hay mucho cabronazo por ahí suelto. Hay gente que comete crímenes y el propósito de un investigador es atrapar a esos criminales y conseguir que no hagan daño a sus congéneres.

-En ‘Todos nosotros’ nos invitas a emprender un viaje a través del tiempo acompañando a Diego Álamo, un inspector de policía con unos principios morales muy sólidos, que trata de esclarecer una serie de desapariciones de chicas con un denominador común, todas ellas fueron vistas por última vez en locales de copas. Los lectores seremos testigos de la transformación de España en sólo dos décadas.

-Sí. La novela tiene dos líneas temporales claramente diferenciadas. La primera parte se desarrolla en el año 1981 y la segunda, en 2002. Estamos hablando de dos Españas diametralmente opuestas. El Madrid de 1981 es el del último tramo de la Transición Española, bajo el gobierno de la desaparecida UCD. Veníamos del régimen anterior, de una dictadura, y en el panorama social había una necesidad imperiosa de recibir la luz del sol y de hacer muchas cosas, como se vio reflejado, por ejemplo, en el panorama cultural. España era un país en pleno desarrollo y era un momento de efervescencia. La España de 2002, en cambio, es completamente moderna. Está integrada entre las principales capitales europeas y ya bajo el gobierno del Partido Popular.

-¿Por qué elegiste estas fechas tan concretas?

-La primera parte no es casual que yo la eligiera porque quería hablar de unos inspectores de policía, que eran los del año 81, en un momento en el que no había teléfonos móviles, ni pruebas de ADN, ni cámaras de seguridad como hay hoy en día prácticamente en todas las calles y comercios.

Entonces, los policías tenían que hacer de la necesidad virtud. Para resolver los crímenes o delitos que tenían entre manos tenían que valerse de su capacidad deductiva, de su perspicacia, y analizar muy bien todas las situaciones a las que se enfrentaban. Iban con un blog y un bolígrafo, tenían que hablar mucho con la gente y patear las calles. Ese romanticismo a la hora de trabajar me daba mucho más juego para construir una trama criminal que resultase más atractiva para los lectores.

-Veremos también una clara evolución en las formas de indagación policiales.

-Sí. Esta novela encierra un elogio del policía vocacional. En el año 81, tal y como cuento, coinciden en el seno policial los investigadores que venían de la etapa franquista, que estaban acostumbrados a métodos expeditivos y no se andaban con chiquitas, con los que se hicieron inspectores de policía con la democracia. Y la manera que tenían de entender la profesión y la vida era diametralmente opuesta. He querido reflejar esa lucha entre el viejo régimen y el régimen que llegó para quedarse, afortunadamente.

Es un homenaje a aquellos policías que son realmente vocacionales, porque a cambio de un sueldo, -que en absoluto se corresponde con los sacrificios que hacen o con los peligros que corren ni con el tiempo que le quitan a la familia-, ellos quieren o tratan de hacer del mundo un lugar más habitable.

-¿Te has inspirado en algún asesino real o ha sido más bien un trabajo de imaginación para ponerte en la piel de los malos?

-Ha sido puramente fruto de mi imaginación. Es una ficción construida a partir de unos hechos históricos y sociales que son inobjetables y que están ahí y que el lector va a ir conociendo. La acción de ficción transcurre en un escenario completamente real y con unos hechos fidedignos por completo, porque es la única manera de hacerlo veraz, pero lo que es la trama criminal es absolutamente original, es decir, en la medida en que alguien pueda hacer algo original dentro del género. Quiero decir, ¿yo he inventado la pólvora por hablar en una novela policíaca de que hay mujeres que desaparecen? Evidentemente no. Lo que diferencia a un escritor de otro es el tratamiento de la historia, cómo está escrita y cómo está contada.

En esta novela hay criminales que son despiadados, del mismo modo que hay una serie de personajes, como puede ser Diego Álamo, que tienen esos principios sólidos morales y que entienden que el objeto de su vida es atrapar a los malos para que éste sea un mundo mejor.

-Tal y como le sucede a Diego Álamo, a quien le persigue la mirada vacía de Elena Vicuña, arrastrará este caso hasta que tiene la oportunidad de cerrarlo veinte años después ¿Hasta qué punto puede llegar a obsesionarle no haber resuelto su asesinato?

-Diego Álamo es un investigador muy íntegro y este caso en el que está trabajando se convierte en una misión que absorbe su vida, pero esto sucede también en la vida real. Los investigadores que están detrás del caso Jeremy, por ejemplo, han dicho muchas veces que es un expediente que sigue abierto. Quienes trabajan en casos de desaparecidos se meten tanto en la historia que no la cierran nunca y siguen buscando, hasta que mueren, porque cuando ves el dolor de los seres queridos de esas personas desaparecidas, si tienes corazón en vez de un trozo de tela dentro del pecho, pues evidentemente vas a empatizar con esas víctimas y vas a tratar de hacer todo lo que esté en tu mano por esclarecer ese caso. Y en ese sentido Diego Álamo es un romántico. 

Con romanticismo y sin nostalgia

-Además de este romanticismo del que hablas, también se aprecia cierta nostalgia hacia una época que has conocido de cerca, la de la Movida madrileña, y hacia los protagonistas de este movimiento que cambió el devenir musical del país.

-Bueno, yo tan sólo era un adolescente a mediados de los 80, pero sí que es verdad que fui un niño precoz, en el sentido de que mis mejores amigos tenían hermanos mayores y yo empecé a salir por la noche con 14 ó 15 años. Entonces he conocido muchos de los garitos y de los bares míticos de Madrid de los que hablo en el libro, como La Vía Láctea, el Penta, las discotecas Joy Eslava y Pachá, o la desaparecida Cerebro…

Y por supuesto, en esta novela, aparecen los grupos de esa época, cuya banda sonora es muy ecléctica. Por un lado estaban las bandas emergentes de la Movida, como Radio Futura, Nacha Pop o Mecano, y grupos extranjeros como los Ramones, The Clash o The Jam… pero al mismo tiempo estaban José Luis Perales, Julio Iglesias o Francisco. En ese momento, el crisol musical era muy amplio. En los Cuarenta Principales una semana estaba en el número uno Rocío Jurado y a la semana siguiente estaba Barón Rojo y a mí eso me parece fascinante, porque daba una idea exacta de lo múltiple que era España en aquel entonces.

-¿Cómo ves la Movida con el paso del tiempo? ¿Crees que se ha idealizado?

-Yo creo que ningún tiempo pasado fue mejor. Evidentemente, uno guarda muy buenos recuerdos de cuando era joven, porque le han sucedido cosas en su vida a las que ha tenido acceso por vez primera. 

Se trata de una época de emociones que posiblemente no vuelvas a tener nunca, pero sobre todo, lo que yo quería era trasladar a los lectores a un momento concreto. Que los que entonces tenían veinte años se pudieran sentir identificados con las páginas de ‘Todos nosotros’, que digan “coño, esta ciudad yo la viví y era así”. Y que quienes no habían nacido puedan llevarse una idea de cómo fue aquello, pero sin ápice de nostalgia, simplemente porque me parece que son unos años cruciales en el crecimiento de nuestro país.

La democracia tenía unas patas fragilísimas y había ruido de sables. Unos meses antes de que arranque la acción de la novela, acababa de tener lugar una intentona golpista y en el país había ansiedad y miedo porque no se sabía hacia dónde íbamos a tirar. Afortunadamente la democracia se impuso.

Fueron años fundamentales para que hoy estemos donde estamos. Sí creo que hemos ganado en muchos aspectos, pero es verdad que hoy en día hay una ola de corrección política que no existía entonces y que a mí me parece terrorífica, porque en los años ochenta, precisamente porque veníamos de una época de mucha censura, la gente no se medía y se expresaba como sentía. Me parece que esa naturalidad es buena.

Portada de ‘Todos nosotros’.

-¿Qué supuso esa ola en la historia de la música española?

-Bueno, creo que ha sido el momento más importante, no te voy a decir de la cultura española, pero sí de una parte de la cultura. Respecto a los grupos de los años ochenta es verdad que han sobrevivido muy pocos. Hubo un naufragio y apenas quedan náufragos que se hayan salvado. Está Alaska, un poco Santiago Auserón, Loquillo… y poco más.

Aunque siempre he defendido que la Movida no fueron sólo las chupas de cuero y los pelos de colores. Eso fue una etiqueta socorrida, que vino muy bien porque vendía mejor esa foto, pero la Movida realmente fue que las plazas y los bares se llenaron de gente y de mucha gente diversa -no sólo de veinte años y no sólo con chupa de cuero-, que hacía cosas interesantes. Pero es verdad que en su momento Radio Futura, Nacha Pop o Loquillo y Trogloditas, por citar sólo unos pocos grupos, fueron muy importantes y marcaron a toda una generación.

-Sin duda alguna, la protagonista indiscutible de ‘Todos nosotros’ es Madrid. Vamos a conocer algunos de sus escenarios, como la noche de Malasaña, el Carabanchel más populoso o su parte más desconocida, la sierra. ¿Has tratado de rendir homenaje a tu ciudad?

-Sí. De alguna manera he querido rendir homenaje a la ciudad de Madrid. Yo soy madrileño de pura cepa, de padres y abuelos madrileños, pero nunca jamás he hecho bandera de Madrid porque creo que es absurdo hacer bandera de una ciudad cuya bandera son todas las banderas.

Además, uno es de donde es por puro accidente. Yo he nacido en Madrid pero podría haber nacido en Ámsterdam o en un poblado de África. Uno nace donde nace y creo que no debe hacer bandera. Lo importante es la gente con la que te rodeas y de la que aprendes.

Madrid es también una ciudad que tiene los balcones abiertos. Aquí, en los años 80, cuando yo salía, nadie te preguntaba cuál era tu apellido o a qué se dedicaban tus padres. Y yo tenía amigos a los que conocía de noche y no sabía cómo se apellidaban. Yo creo que esa es una de las mayores virtudes de Madrid como ciudad, que es algo que no sucede en otras ciudades como Barcelona, por ejemplo, y sin embargo ha habido grandes escritores que han escrito grandes novelas sobre Barcelona. Y creo que en ese sentido Madrid es la gran olvidada.

Una vez el escritor Antonio Muñoz Molina dijo que a él le gustaba vivir en Madrid, la ciudad que tiene la culpa de todo. Y coincido con él. Parece que Madrid es la culpable cuando en realidad Madrid somos todos, todos nosotros, sirviéndonos también del título. 

-Ya me estás respondiendo un poco a la última pregunta que es ¿a quién representa ‘Todos nosotros’? Hablas de personas de carne y hueso que podríamos ser cualquiera.

-Evidentemente. Está la idea del mal de una manera muy nítida y también está la idea del bien, lo que pasa es que hay que leerse la novela y sacar conclusiones, pero desde luego sí que he construido unos personajes malvados implacables. Y lo he hecho adrede, porque sin ser una novela gore, que no lo es, en absoluto, porque la sangre no salta y te salpica, pero la violencia psicológica insinúa más que muestra y a veces esa violencia puede herir más y hacernos más daño. Pero yo necesitaba contrapesos para eso, necesitaba imprimir amor y ternura, y sobre todo que fuera una novela con espacio para la esperanza. Y bueno, eso me propuse y creo que lo he conseguido.

Espero, ojalá, que su lectura os guste, que es lo más grande que le pueden decir al autor de un libro, no que vende mucho sino que lo que ha vendido gusta a la persona que lo ha leído. Yo empecé a escribir porque una vez me dijo Serrat que él cantaba porque necesitaba el amor de la gente. Y creo que todo el que canta, escribe o pinta necesita el amor de la gente. Y que te digan que lo que has hecho les ha gustado pues para mí es el mayor premio que existe.

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