Mujeres presas en Auschwitz

La escritora Reyes Monforte rememora el horror nazi en ‘Postales del Este’, una reivindicación de la memoria en el 75º aniversario de la liberación del mayor campo de exterminio de la Historia

Por Aida M. Pereda

“La Bestia lo había preguntado mientras se atusaba el pelo. Ese ademán se conocía en todo el campo, casi tanto como el poder de su dedo índice sobre la vida de las prisioneras. No constituía un buen augurio; era un gesto que solía hacer antes de golpear a una presa o de matarla. Tampoco era buena señal que estuviese desprendiéndose poco a poco de los guantes, tomándose un tiempo innecesario en despojar cada una de sus falanges de la tela blanca que las cubría, y que Mandel dobló con una delicadeza extrema, un tanto teatralizada, para introducirlos en el bolsillo de su chaqueta. Eso hubiera tranquilizado a cualquier presa de Auschwitz-Birkenau, pero no a Ella. A la Bestia le gustaba golpear con los guantes puestos y ver cómo se llenaban de sangre, pero con su mascota judía, casi todo era distinto”.

La escritora Reyes Monforte (autora de ‘La memoria de la lavanda’, Un burka por amor’, o ‘La rosa escondida’) rememora el horror nazi en ‘Postales del Este’, una reivindicación de la memoria en el 75º aniversario de la liberación del mayor campo de exterminio de la Historia. En esta historia real, sembrada de personajes reales -como la sanguinaria SS Maria Mandel, conocida como La Bestia de Auschwitz; su amante, el doctor Josef Mengele; o Alma Rosé, sobrina del compositor Gustav Mahler-, una mujer ficticia, Ella, fiel reflejo no obstante de muchas mujeres reales, se convierte en el hilo conductor de una historia de odio, intolerancia y racismo cuyo eco resuena a día de hoy.

-Presentas ‘Postales del Este’, una novela basada en hechos reales que indaga en la memoria, el amor y la esperanza en medio del horror de Auschwitz, ¿qué es lo que te ha motivado a revisitar este capítulo de la Historia ahora que se cumple el 75º aniversario de la liberación del campo de concentración de Auschwitz?

-A Auschwitz siempre hay que regresar para no olvidar lo que pasó. Los supervivientes de los campos de concentración siempre insisten en que no dejemos de contar a las nuevas generaciones lo que sucedió allí, porque los jóvenes son muy dados a olvidar, a creerse impunes e inmunes a las consecuencias de la Historia, y cuando descubren lo equivocados que están, ya es tarde. 

Sólo hay que fijarse en los estudios realizados por la CNN y por la Claims Conference: el 30% de los europeos reconoce saber poco o nada de Auschwitz; uno de cada 3 jóvenes no ha oído hablar del Holocausto; el 40% de los estadounidenses no sabe lo que fue Auschwitz; y el 66% de los millenials no ha oído hablar de ello, ni sabe quién fue Hitler.

Todo lo que desencadenó la existencia de Auschwitz, como el odio, la intolerancia o el racismo, siguen presentes en nuestro tejido social, esperando a reactivarse. Ya nos lo advirtió Primo Levi: “Ocurrió. En consecuencia puede volver a ocurrir. Puede ocurrir y puede ocurrir en cualquier lugar”. 

En el campo de concentración de Auschwitz cada prisionero llevaba a cabo su particular resistencia con aquello que estaba en sus manos

-La narradora de esta historia se encuentra presa en el campo de concentración de mujeres de Auschwitz, ¿había diferencias entre los campos de concentración masculinos y los femeninos?

-No. Los campos eran los mismos para todos. Presas y presos entraban por el mismo lugar, bajo el letrero de hierro forjado en el que se podía leer “Arbeit Macht Frei” (El trabajo os hará libres), a bordo de los mismos trenes de ganado que los trasladaban desde diferentes lugares de Europa, y como bien les decían los oficiales nazis a su llegada, señalando las chimeneas de los hornos crematorios que no dejaban de escupir humo y cenizas, de allí sólo se podía salir por un sitio. Era la misma condena para todos, compartían el mismo destino.

Eso sí, había características que sí variaban teniendo en cuenta lo intrínseco de cada género. Por ejemplo, como los hombres no se podían quedar embarazados, no les afectaba el aviso en forma de amenaza del doctor Mengele cuando decía que Auschwitz no era una maternidad. Eso era un problema para las mujeres, las que llegaban embarazadas al campo o las que se quedaban preñadas en el recinto a causa de una violación de un oficial de las SS. Pero el trato a los prisioneros era igual en los campos para todos, igual que la forma de actuar de las SS; fueran hombres y mujeres era la misma.

El campo de concentración y exterminio de Auschwitz es un museo de la condición humana. El bien y el mal, la víctima y el verdugo, la vida y la muerte, el amor y el odio. Es la historia de la humanidad, siempre ha sido así. En el campo de concentración de Auschwitz cada prisionero llevaba a cabo su particular resistencia con aquello que estaba en sus manos: Ella jugándose la vida por escribir los nombres de las personas asesinadas para salvaguardar su memoria y que no cayeran en el olvido; su novio, Joska, organizando junto a muchos otros presos la rebelión de los Sonderkommandos del 7 de octubre de 1944, en el que volaron el crematorio IV del campo, y que significó el principio del fin de Auschwitz; la doctora Gisella Perl practicando abortos clandestinos para salvar, al menos, la vida de la madre, ya que si las SS descubrían que una mujer estaba embarazada o había dado a luz, era enviada inmediatamente al crematorio, tanto ella como su bebé… Auschwitz fue un retablo de rostros de buenos y malos, y cada uno actuó como nunca pensó que lo haría.

Postales del Este, de Reyes Monforte
Portada del libro ‘Postales del Este’, de Reyes Monforte.

-Gracias a su manejo de distintos idiomas, Ella, la protagonista, comienza a trabajar en el Bloque Kanada. Tal y como contabas, allí encuentra numerosas postales y fotografías en los equipajes de los deportados y decide escribir en ellas sus historias para que nadie olvide quiénes fueron. ¿A través de ella, tratas de rendir homenaje a todas esas víctimas?

Ella llega al campo de Auschwitz-Birkenau en septiembre de 1943. Nada más llegar, tanto el doctor Josef Mengele como Maria Mandel descubren que, además de su belleza, que les lleva a convertirla en su mascota judía, conoce seis idiomas y su caligrafía es perfecta. Entienden que les puede ser útil, tanto en labores administrativas referentes al registro de los libros, como para traducir las órdenes de las SS a todos los que iban llegando al campo desde cualquier lugar de Europa: Hungría, Italia, Francia, Grecia, España, Polonia…

Gracias a su habilidad con las palabras, entra como copista en el Bloque de Música, donde está la Orquesta de Mujeres creada por Maria Mandel, así como en el Bloque Kanada, el almacén donde iban a parar los equipajes de los deportados. Allí se podía encontrar todo lo que no había en el campo: ropa, comida, dinero, joyas, medicinas… Las SS se quedaban con los objetos de valor y mandaban destruir todo lo demás, especialmente los objetos personales de los presos, como los retratos familiares. 

Ella empieza a recuperar esas fotografías y las postales que las SS entregaban a los prisioneros para que escribieran a sus familiares contándoles que estaban bien y pidiéndoles que les mandaran paquetes con dinero y objetos de valor. Y ahí es donde comienza su particular resistencia a través de la palabra: escribiendo los nombres de las personas que estaban siendo asesinadas para, al menos, poder mantener viva su memoria. Así es como las palabras se convierten en el pasaporte a su supervivencia y la de muchos otros.

Ella no escribe literatura, ella cree que escribiendo sus nombres, les mantendrá con vida, al menos, en la memoria, en el recuerdo de todos. La escritura en Auschwitz estaba prohibida y si sorprendían a alguien escribiendo era enviado a la cámara de gas. Maria Mandel sorprendió a una presa escribiendo un poema en un billete de 10 ‘zlotys’ y mandó asesinarla. Las palabras escritas con libertad asustaban a las SS. Por eso fue tan importante la resistencia que Ella decidió hacer en el campo: escribir esos nombres para salvaguardar su identidad y su historia. Los nazis podrían quemar sus cuerpos, pero no la constatación de su existencia.

La verdad siempre termina saliendo, aunque tarde años, como sucedió con las cartas y postales que los presos enterraron en el suelo de Auschwitz por miedo a que todo acabara y no hubiera supervivientes

-Y cuarenta años después, su hija Bella recibe esta caja repleta de postales. Es entonces cuando es testigo del horror nazi. ¿De qué forma cambia su vida este hallazgo?

-Eso lo debe descubrir el lector poco a poco a través de la lectura de esta novela, pero es interesante preguntarnos cómo reaccionaríamos nosotros si recibiéramos una caja de postales y de fotografías de personas que no conocemos en las que únicamente reconocemos la caligrafía de nuestra madre y, al leer los mensajes escritos, descubrimos el gran secreto que nuestra madre nos ha mantenido oculto durante 35 años.

Su madre quiso ocultarle esa historia para intentar no romperle la vida como los nazis se la rompieron a ella, para que no sintiera ese dolor ni heredara ese odio que marcaría su existencia. Pero la verdad siempre termina saliendo, aunque tarde años o siglos, como sucedió con las cartas, las postales, las fotografías, los mensajes, los planos, todo aquello que los presos enterraron en el suelo de Auschwitz por miedo a que todo aquello acabara un día y no hubiera supervivientes. Por miedo a que los nazis destruyeran cualquier huella de la infamia que habían cometido y el mundo no supiera nunca lo que había sucedido en ese campo.

Y así ocurrió. Años más tarde, cuando se levantó la tierra de Auschwitz, encontraron todos esos mensajes. Sólo entre los años 1945 y 1980 se encontraron enterrados, cerca de los crematorios II y III de Auschwitz, ocho testimonios, listas y diarios en diferentes idiomas escritos y firmados por cinco Sonderkommandos, los presos obligados a trabajar en las cámaras de gas y en los hornos crematorios. En la actualidad, cualquiera que vaya al Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau podrá ver que en sus archivos se guardan alrededor de 2.500 fotos y retratos familiares y 12.000 cartas y postales escritas en el campo por los prisioneros.

-Las mujeres protagonizan esta historia y además lo hacen no sólo como víctimas, sino también como verdugos.

-La maldad y la bondad no tienen género y eso era aplicable tanto a víctimas como a verdugos. Pero hablamos de 1942 y entonces, la situación de la mujer en la sociedad no era como puede ser en la actualidad. Por eso sorprende tanto que una mujer de apenas 30 años, Maria Mandel, llegara a convertirse en la mujer más poderosa de Auschwitz-Birkenau ganándose a pulso el apodo de “La Bestia de Auschwitz”, ya que era más cruel y sanguinaria que los propios varones de las SS.

El propio Hitler consideraba que la mujer debía ocuparse de las 3 K, Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia),  y que una mujer con 6 ó 7 hijos hacía más por la Alemania nazi que una mujer abogada, ingeniera o médica. Esa era la mentalidad existente. Y si te fijas, en las historias ambientadas en el Holocausto estamos acostumbrados a ver a las mujeres en un papel de víctimas, de prisioneras o de esposas o amantes de los oficiales de las SS, pero también existieron mujeres de las SS que participaron en el gobierno de los campos de concentración, con un sadismo y una crueldad que superaba a la mostrada por muchos hombres, como Irma Grese, Dorothea Binz, Hermine Braunsteiner-Ryan, Herta Bothe, Johanna Bormann, Margot Drexler, Johanna Langefeld…

La escritora y periodista Reyes Monforte.

-Centrándonos en Maria Mandel, apodada la Bestia, ¿fue difícil describir las atrocidades cometidas por esta sanguinaria torturadora?

-Fue la jefa de campo de Auschwitz-Birkenau, responsable de más de medio millón de asesinatos, en su mayoría de mujeres y niños. Mandel era la personificación de la maldad. Una chica austriaca, guapa, joven, sana, alegre, con los ojos azules, el pelo rubio, un cuerpo perfecto, la encarnación de la raza aria tan preconizada por Hitler, que acudía a misa todos los domingos con su familia, con un padre zapatero, con un trabajo de funcionaria en la estafeta de Correos de su pueblo natal, Münzkirchen, con un pretendiente polaco contrario al nacionalsocialimo de Hitler…

Y un día, con 24 años, empieza a labrar su leyenda negra en el campo de concentración de Ravensbrück, conocido como “El puente de los cuervos”– el mayor campo de concentración de mujeres hasta la construcción de Birkenau– para finalmente llegar a Auschwitz el 7 de octubre de 1942 y convertirse en SS-Lagerführer Mandel, en la Bestia de Auschwitz, mostrando que podía superar en maldad al propio Josef Mengele, a Rudolf Höss, a Josef Kramer, y hacerse valedora de la Cruz al Mérito Militar de Segunda Clase en 1944.

Maria Mandel era capaz de matar a niños estrellándolos contra las paredes de los barracones, de ahogar a recién nacidos en cubos de agua, de azotar hasta la muerte a mujeres embarazadas, de sacar su Luger y disparar a una presa por perder un zapato, por no caminar lo suficientemente rápido por el campo o por mirarla a los ojos; era incluso capaz de excitarse sexualmente contemplando los experimentos médicos de su amigo y amante, el doctor Josef Mengele.

Y, al mismo tiempo, era capaz de llorar escuchando un aria de Madama Butterfly, o una pieza de Schubert, de Schumann, de Mozart, de Wagner. Odiaba tanto a los judíos como amaba la música clásica. De hecho, fue la creadora de la Orquesta de Mujeres de Auschwitz-Birkenau, en cuya dirección puso a la famosa violinista Alma Rosé, sobrina del compositor Gustav Mahler, que había sido detenida en Suiza por la Gestapo y enviada al campo de Auschwitz, donde fue ingresada en el Bloque 10 y salvada por la propia Mandel cuando se enteró de que iba a ser enviada al crematorio. Maria Mandel parece más un personaje de ficción que la Bestia que fue en la vida real.

-En tu novela también aparecen otros personajes reales, además de los ya citados Maria Mandel, Josef Mengele o Alma Rosé, también están Heinrich Himmler, Irma Grese, Rudolf Höss o Ana Frank, ¿cómo ha sido el laborioso proceso de documentación?

-Todos los personajes que aparecen en la novela, así como lo que en ella se relata, está basado en hechos reales. Todo ocurrió en la vida real. Yo me he dedicado a novelarlo para que, a ojos del lector, la historia sea más comprensible y llevadera.

Sólo hay un nombre de ficción, el de una de las protagonistas, Ella, que es un guiño semántico para homenajear a todas las mujeres que pasaron por el campo de Auschwitz, pero que también está basado en un hecho real y en personajes reales. De hecho, existieron muchas Ellas , no sólo en Auschwitz, sino en el resto de los campos de concentración del Tercer Reich.

Llevo documentándome para esta novela toda mi vida porque siempre me ha interesado mucho esa parte de la Historia: todo lo que tuviera que ver con Auschwitz, con el Holocausto, con cómo fue posible que Hitler ganara las elecciones de 1933 y llegara al poder de una de las principales potencias europeas con el 44% de los votos de los alemanes. Y eso, sin duda, me ha ayudado a la hora de documentarme aún más a fondo en esta novela.   

A muchos supervivientes les costó 30 e incluso 40 años poder verbalizar lo que vivieron y otros muchos no fueron capaz de hacerlo nunca

-¿Has tenido la oportunidad de conocer a personas reales que sobrevivieron a los campos de concentración?

Cada vez quedan menos superviventes y los que están son ya muy mayores. Pero ellos mismos se han encargado de pedir a sus descendientes, y a todos aquellos dispuestos a escucharles, que no dejaran de contar su historia, no sólo la suya personal, sino la de Auschwitz, y son ellos los que ahora recogen el testigo de contar esa experiencia. Ahora son los hijos, los nietos, los biznietos los que han tomado el relevo de ese relato que hay que mantener vivo como hay que mantener viva la memoria de los que ya no están.  

Cuando llegue el día en el que ya no quede con vida ningún superviviente de Auschwitz, ellos ya han dejado su legado, ya que muchos de ellos han dedicado su vida a contar su experiencia en conferencias por todo el mundo, y algunos incluso dejaron sus vivencias en libros que ellos mismos escribieron. A muchos les costó 30 e incluso 40 años poder verbalizar lo que vivieron, y otros muchos no fueron capaz de hacerlo nunca. Por eso es tan importante seguir contando su historia.

-¿Crees que hemos aprendido algo del pasado o estamos condenados a repetir los mismos errores?

-No sé si aprendimos algo de la Historia, pero si lo hicimos, no tenemos mucha capacidad de retentiva. Olvidamos enseguida. No aprendimos de la Guerra de los Treinta Años porque, si lo hubiéramos hecho, no hubiésemos repetido la historia en la Primera Guerra Mundial y en la Segunda Guerra Mundial; no aprendimos de Auschwitz ni de los Gulags de Stalin, ni de las distintas guerras civiles que asolaron el mundo, y por eso se repitió la historia en la Guerra de Bosnia, con los campos de concentración y violación que existieron. Parece que no queremos aprender el riesgo que suponen los totalitarismos de Mussolini, Franco, Hitler, Ceaușescu , Milosevic… porque estamos muy tentados de volver a repetirlos, quizá no en la misma forma, pero sí en esencia.

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