Pere Cervantes

Pere Cervantes presenta ‘El chico de las bobinas’, un thriller ambientado en la Barcelona de 1945 en el que rinde homenaje al séptimo arte y a las mujeres supervivientes de la guerra 

Por Aida M. Pereda

¿Puede la  magia del cine envolver una ciudad sumida en una incipiente postguerra, acostumbrada al estruendo que provoca el dolor? En ‘El chico de las bobinas’, el cromo de un famoso actor se convierte en el objeto más deseado de nacionales, republicanos y nazis en la ciudad de Barcelona, en 1945, durante los coletazos de la II Guerra Mundial y con las heridas aún abiertas de la Guerra Civil española.

Pere Cervantes, autor de las novelas ‘Rompeolas’ o ‘No nos dejan ser niños’, entre otras, construye un thriller histórico que rinde homenaje a los cines de barrio o de pueblo -acicate de sueños y refugio de infancias marcadas por la dictadura franquista- y pone en valor la valentía de todas aquellas mujeres víctimas de la guerra, auténticas supervivientes que sacaron adelante a su familia y reconstruyeron su barrio, su pueblo o su ciudad sin recibir medallas ni honores a cambio.

En esta novela, el escritor catalán se adentra en la intimidad de una familia diseccionada por la guerra. Entre sus cuatro paredes, Soledad trata de sacar adelante a su familia, mientras su marido, David, se encuentra desaparecido. Su hijo Nil tiene trece años y reparte bobinas de películas entre los cines para ayudar a la economía doméstica. Pero un día, es testigo de un crimen que le cambia la vida cuando la víctima le hace entrega de un cromo de un actor de cine y pronuncia el nombre de su padre. A partir de ese momento, Nil se verá arrastrado a iniciar una investigación para tratar de conocer su paradero.

-¿Cómo definirías esta nueva novela?

-Es una amalgama de géneros. No me he supeditado a ningún género concreto porque quería que la historia mandase por encima de todo. Es una novela histórica, una novela costumbrista… pero también tiene sus tintes negros.

-La novela negra es un género en el que te desenvuelves como pez en el agua. Has recibido el Premio de Novela Cartagena Negra con ‘Tres minutos de color’ y el de las Letras del Mediterráneo a la Mejor Novela Negra con ‘Golpes’.

-Sí. Es la mirada que tengo de la vida, quizás por mi experiencia vital. Aparte, como lector, sí leo bastante novela negra.

-Curiosamente, es un género que ha pasado de ser muy denostado a ser muy premiado. ¿Crees se trata de una “moda” pasajera?

-Llevo cinco años recorriendo festivales de novela negra por toda España, desde Gijón hasta Barcelona o Valencia. Pero esa supuesta “moda” no se traduce en ventas, entonces es una “moda” que yo no me la creo. Lo que está de moda son los festivales negros y que haya mucho más escritores de novela negra… pero creo que no acaba de casar con la realidad literaria.

-Como decías, tu pasado te ha marcado profundamente. En tu currículum vital, figura la experiencia de haber trabajado como Observador de Paz para la ONU en Kosovo y para la UE en Bosnia-Herzegovina. ¿Qué poso conservas de esta época?

Es un poso de vida, pero un poso enriquecedor. Han pasado ya muchos años, pero cuando empecé a escribir esta novela, hace cuatro años, me vinieron flashes de mi estancia en la postguerra de Kosovo.

-¿Qué recuerdas con especial clarividencia de aquel contexto?

Recuerdo el protagonismo de las mujeres supervivientes, que precisamente son uno de los pilares de esta novela. Porque en toda guerra y en toda posguerra la víctima es la mujer. Las guerras son distintas, sí, pero en todas se comete la misma barbarie y las víctimas siempre son las mismas.

Tenía la necesidad de reivindicar a esas mujeres que han sido vilipendiadas, ultrajadas y que quedan en el silencio. Durante la guerra de Kosovo, sólo en Pristina, la capital de Kosovo, hubo 25.000 violaciones a mujeres, pero si te fijas, hay calles y monumentos dedicados a héroes de guerra, pero ¿cuántos hay a mujeres anónimas que han sido heroínas en su barrio, en su casa, en la reconstrucción de su ciudad? No hay. Por eso escribí ‘El chico de las bobinas’.

-¿Cómo te has documentado para hacer este viaje literario a 1945?

-Básicamente, a partir de libros, pero también he recurrido a los archivos de la Biblioteca de Cataluña, donde hay mucho material audiovisual de testimonios y algún documental acerca de la colonia nazi en Barcelona

Copyright: Aida M. Pereda

-¿Has tenido ocasión de hablar con mujeres supervivientes de esa época?

-Sí. He hablado con unos pocos, uno de ellos mi abuela, que tiene 95 años, pero la cabeza muy lúcida y ha sido una gozada. La fase de documentación de esta novela, que me llevó entre seis y nueves meses, ha sido la más ardua de todas las que he llevado a cabo, pero he disfrutado mucho.

-Rindes homenaje también al séptimo arte, una de tus grandes pasiones…

-Totalmente. Hago un homenaje al cine desde la literatura, como cinéfilo que soy, pues soy licenciado en Derecho pero también me formé como guionista de cine. Y siempre he dicho que el cine ha hecho mucho homenaje a la literatura, pero viceversa no. Entonces, al pensar en qué momento el cine nos había dado mucho, elegí la postguerra, cuando los cines se convirtieron en auténticos refugios para los niños y hacían soñar con otra vida mejor a los mayores.

-¿Ha cambiado mucho el paisaje literario y cinematográfico de Barcelona?

-Sí, mucho. Afortunadamente, todavía queda el Casco Antiguo y algunas calles muy reconocibles por las que parece que no pasa el tiempo, pero el alma de la ciudad es otra

Aún sigue en pie el edificio de la Metro Goldwyn Mayer -en la calle Mallorca-, que estuvo treinta años funcionando, donde se dedicaban al doblaje de las películas en un momento en el que la censura franquista manipulaba todo a través de esta técnica, pero en una ciudad que llegó a tener más de 130 salas, lamentablemente, estamos cerrando cines cada dos o tres meses.

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