Miguel Hurtado

AIDA M. PEREDA

Tenía diciséis años cuando un monje benedictino de la Abadía de Montserrat comenzó a abusar de él. Durante un largo año, Miguel Hurtado (Barcelona, 1982) aguantó la extorsión del ‘germá’ (‘hermano’) Andreu Soler, que prometió no contarles a sus padres que era gay.  Guardó el secreto durante un año y cuando se lo contó a sus progenitores acusaron al eclesiástico pero prometieron trasladarle a cambio de que no lo denunciaran ante la justicia.

Con veintitrés años decidió judicializar su caso pero como ya había prescrito, no pudo hacer nada. El año pasado decidió romper su silencio y denunciar públicamente el calvario que sufrió en primera persona. Desgraciadamente, descubrió que no fue el único que guardaba un secreto. Ahora lo cuenta todo en el libro ‘El manual del silencio’.

-¿Cuándo y por qué decidiste escribir este libro?

Fue una necesidad de un antes y un después. El año pasado, denuncié públicamente los abusos que sufrí en Montserrat y se descubrió que había una trama pederasta en el monasterio, que tres abades distintos, durante 40 años, habían encubierto los abusos del ‘germá’ Andreu Soler.

Me habían obligado a guardar un secreto tóxico y para mí fue quitarme un peso de encima porque por primera vez no tenía miedo a decir dónde, cómo y con quién sucedieron los abusos. Y me di cuenta de que era el momento de dar cierre a esa etapa de mi vida para poder pasar página y mirar hacia el futuro, porque bastante me habían robado ya.

-Perdiste el miedo a ser juzgado a pesar de ser la víctima, a que la sociedad pusiera en duda tu testimonio…

Exacto. Hay gente que me dice, “¿cómo no lo denunciaste?, ¿cómo no le metiste un guantazo?, ¿cómo no te fuiste?… Entonces, yo intento contextualizar en el libro, contar qué me estaba pasando a mí cuando tenía 16 años, cómo era mi familia, cómo era mi vida…

Lo que quería reflejar en el libro es que ser menor ya es factor de riesgo. Nuestros menores son carne de cañón. En nuestro país, el 50% de los delitos sexuales que se denuncian en la policía han sido cometidos contra menores de edad, pero que además, si eso ya es un factor de riesgo, hay otros factores que aumentan aún más el riesgo. Hay veces que es una discapacidad física o psíquica, hay veces que es una situación familiar, hay veces que es una crisis vital… 

Para mí, el hermano Andreu era una persona de confianza, como un padre sustituto. Le conté que era gay y aprovechó eso para extorsionarme sexualmente

-Y estos depredadores sexuales detectan rápidamente a las víctimas más vulnerables…

Sí. El depredador, lo que hace, es manipularte, para hacerte creer que te está ayudando frente a un problema. Para mí, el ‘germá’ Andreu era una persona de confianza, como un padre sustituto. Yo le hablaba de mis problemas. Una de las cosas que le conté fue que yo era gay y él aprovechó eso para extorsionarme sexualmente.

-A medida que se va leyendo el libro, el lector siente pudor al conocer tu intimidad. ¿Buscabas precisamente eso, hacernos partícipes a todos?

Fui silenciado por mi entorno, mi familia, mi comunidad durante veinte años y ahora, con 37 años, lo hago público y con la mayor difusión posible. Me abro en canal, cuento mi intimidad y me desnudo a través de un libro que va a estar en todas las librerías y del que voy a hablar con todos los medios. Me obligaron a guardar el secreto y ya no quiero guardarlo más.

Fue complicado, porque ya había explicado mi historia muchas veces, pero siempre había guardado ciertos límites, estableciendo qué debía ser público y qué privado. Sin embargo, cuando escribes un libro de este tipo, la única manera de explicarlo bien es contarlo todo, pero claro, te estás exponiendo mucho más y no sabes cómo va a reaccionar la gente.

Siendo víctima de abuso, muchas veces desconfías de la bondad de la gente, porque ya te han traicionado. Es una manera de reparar el trauma, porque te estás forzando a confiar en la decencia, y en la bondad de la mayoría de la población. Cuando expones algo tan íntimo ante gente que no conoces, que te va a mirar con unos ojos compasivos, esperas que vayan a ser respetuosos y pudorosos con el contenido.

-Hace tan sólo unos días, ha salido a la luz, la trama de prostitución de menores en centros tutelados de Baleares.

Sí, estoy al corriente. En otros países, como en Australia, Reino Unido, EEUU o Canadá, lo que se está viendo es que los abusos sexuales en instituciones son muy frecuentes, y en muchos casos, además de los abusos sexuales, hay encubrimiento o negligencia. Se trata de un problema de salud pública, de una epidemia, de tal magnitud, que a los gobiernos no les ha quedado más remedio que organizar una comisión en busca de la verdad.

Perfectamente se podría hacer en España una comisión independiente amparada por Naciones Unidas para investigar los abusos en instituciones católicas, deportivas, en el sistema de acogida, en los centros escolares… Hay herramientas para hacer que estos abusos salgan a la luz.

Cuando fui a denunciar mi caso a la justicia, me dijeron que el delito había prescrito y que no podía hacer nada. Aceptaron pagarme una indemnización

-Fuiste la primera persona en denunciar el encubrimiento de la pederastia en la abadía de Montserrat. ¿Recibiste muchas presiones para seguir callado?

Sí. Fue una presión constante. En mi caso, los abusos duraron un año, pero el encubrimiento duró veinte. Montserrat, en todo momento, presionó, por activa y por pasiva, para evitar que esto saliera a la luz. En un primer momento, cuando me quejé siendo menor de edad ignoraron el tema. Cuando ya se quejaron mis padres, el abad llamó a mi madre en múltiples ocasiones para persuadirla, diciéndole que, por el bien de todos, no denunciáramos ante la justicia civil. 

-Y cuando te dispusiste a publicar el libro, ¿volvieron las presiones?

No, porque ya no pueden. Cuando denuncié mi caso, como no logré mucha repercusión por parte de los medios de comunicación. Después de haber luchado tanto para que mi historia viese la luz no quería que me hicieran cerrozajo mediático y que mi caso pasase sin pena ni gloria, sin que la gente se enterase. Por eso, junto con otros activistas, decidí plantarme con una pancarta en Montserrat un día de misa. Pedí permiso a la abadía y me lo dieron, pero en vez de ponerme en la Plaza Mayor, frente a la basílica, me enviaron a una esquinita al lado del parking de autobuses para que no se me viera.

Y es más, para intentar minimizar el escándalo, me dijeron que no podía llevar pancartas. Por internet vi que en las protestas independentistas que se habían celebrado allí, los manifestantes mostraban sus pancartas en pleno centro de la plaza, así que no tuvieron más remedio que dejarme llevar la mía.

-Cuentas que, con 23 años, acuerdas con la abadía de Montserrat cobrar una indemnización que más tarde decidiste devolver. ¿Por qué?

Cuando fui a denunciar mi caso a la justicia, me dijeron que el delito había prescrito y que no podía hacer nada. No podía denunciar ni tampoco conseguir una indemnización económica para pagarme los gastos de la terapia. Dependía única y exclusivamente de la generosidad que quisiera mostrar la institución que había abusado de mí. Mi abogada negoció con el abogado de la abadía y aceptaron pagarme una indemnización.

-¿Cuánto dinero te dieron?

Fueron 7.200 euros en sobres con billetes de 500. Lo hicieron fraccionado en tres pagos porque según la legislación antiblanqueo, si sacas más de 3.000 euros del banco tienes que dar explicaciones de para qué lo quieres. Su objetivo era que no tuviese pruebas ni quedara constancia de que me habían indemnizado.

-¿Cuándo decides devolver ese dinero que empleaste en costear tu terapia?

Cuando años después, descubro que la abadía de Montserrat publica un libro de memorias de mi abusador, con prólogo de Jordi Pujol, contando la ‘gran labor’ que había hecho durante cuarenta años como responsable del grupo scout. Me cabreé mucho y me di cuenta de que el dinero no lo utilizan para resarcir el daño causado a las víctimas, sino para evitar que el escándalo trascienda. Entonces ese dinero ya no lo quería para nada porque me quemaba las manos. Organicé una reunión con el abad y le devolví el dinero.

-Como cofundador y portavoz de la Asociación Infancia Robada, la primera organización de víctimas de abuso en la iglesia española, exiges precisamente la no prescripción de estos delitos, tal y como promovistéis a través de la campaña de recogida de firmas en Change.org ‘El abuso no prescribe’. 

Ahora mismo, los delitos de pederastia prescriben pasados 5 o 15 años desde que se cumple la mayoría de edad. A los 23 años, en los casos de abuso, y a los 33, en los casos de violación, el delito ya ha prescrito. Nosotros pedimos la imprescriptibilidad o por lo menos que ese plazo de prescripción de 5 o 15 años comience a contar a partir de que la víctima cumpla 50 años porque es necesario un periodo de tiempo razonable para que se recupere, pueda hacer terapia, supere los traumas y pueda afrontar un proceso judicial con garantías.

Y el juicio permite que la víctima tenga una indemnización que pueda ayudarle a reparar el daño causado, y puede prevenir delitos futuros porque el abusador entra en el registro de delincuentes sexuales y por lo tanto no puede trabajar nunca más con niños.

-¿Tuviste ocasión de hablar con tu abusador después de denunciarle?

No. Cuando se lo conté a mis padres, fueron a denunciarle ante el abad y la abadía respondió moviéndole de sitio. Le trasladaron a un monasterio interno de la orden, pero no avisaron, ni intentaron encontrar a otras víctimas. Sencillamente desapareció. Y esa dinámica se ha dado en innumerables ocasiones.

Cuando un cura en un colegio tenía las manos muy largas, de repente desaparecía. Le mandaban a otro colegio, a otra parroquia o, en los casos más sangrantes, le mandaban a Latinoamérica. España ha sido una potencia exportadora de curas pederastas. 

-En España, en estos momentos, se está elaborando la ley Rhodes, ¿estás colaborando en su elaboración? ¿tienes esperanza?

Nosotros estamos colaborando desde fuera, con la pancarta, haciendo ruido. De hecho, esta reforma legal se está llevando porque las víctimas hemos denunciado mucho y protestado mucho.

En Reino Unido los delitos de pederastia son impresciptibles. A los abusadores se les condena y entran en el registro de delincuentes sexuales

-Desde hace años, trabajas como psiquiatra infantil en Londres, ¿el abuso sexual es un delito más frecuente de lo que queremos creer?

En Reino Unido, un caso muy sangrante fue el de Jimmy Savile, un presentador estrella de la BBC que tras morir se descubrió que era un depredador sexual -un informe de la Asociación Británica de Prevención de Abusos a Niños (NSPCC) y la Metropolitan Police reunió 450 denuncias por abusos cometidos entre 1955 y 2009),

Y a raíz de eso, hubo un antes y un después. Comenzaron a salir a la luz pública muchísimos casos de abusos cometidos por gente poderosa o por instituciones poderosas. Y eso hizo que hubiera un cambio de mentalidad. Y como en Inglaterra los delitos de pederastia son imprescriptibles, a esta gente se la está juzgando, condenando y encarcelando y están entrando en el registro de delincuentes sexuales.

Entonces vi lo que se puede llegar a conseguir cuando en un país se rompe el silencio a nivel de sensibilización y concienciación de la sociedad, a nivel de reparación de las víctimas y a nivel de castigo de los culpables. Creo que en España tenemos que ponernos al día. No podemos seguir tan atrasados.

-En tu libro afirmas que la Iglesia sigue teniendo mucho poder y que las cosas no han cambiado tanto veinte años después.

Sí. Es curioso, porque la sociedad española se ha secularizado mucho, pero aún hay una cultura del catolicismo basada en el miedo. No te metas con la Iglesia porque te vas a meter en líos. Cuando comencé a hacer activismo hubo gente de mi familia que me advirtió que mejor no hiciera lo que estaba haciendo.

-¿Has echado en falta más apoyo por parte de tu familia?

Creo que, como tantas víctimas, no he recibido todo el apoyo posible desde mis diferentes entornos. Uno de ellos ha sido el familiar, pero también el de la comunidad católica en la que crecí, y también de la sociedad civil, porque durante muchos años, en España, la gente se ha negado a escuchar este tipo de historias.

Miguel Hurtado
FOTOS realizadas por Aida M. Pereda

Mi madre nació y creció en el nacionalcatolicismo y tenía la mentalidad de la época. Creía que era mejor no verbalizar los traumas, guardarlos en un rincón de la memoria y seguir para adelante. Ella me decía: “Nunca te enfrentes a los poderosos porque vas a salir perdiendo y te van a destrozar la vida”. Cuando pasó lo de Montserrat me dijo: “Miguel, hay tres instituciones intocables en Cataluña: Montserrat, la Generalitat y el Barça”. Tenía mucho miedo a denunciar. Su respuesta era comprensible en el nacionalcatolicismo, pero en democracia ya no.

-La Iglesia Católica está implicada en muchos de estos casos, ¿qué relación existe entre pederastia e Iglesia? 

Para entender la relación entre la pederastia y la Iglesia hay que entender la relación entre la pederastia y el poder. La pederastia es un abuso de poder. Por lo tanto, cuanto mayor sea la diferencia entre las potenciales víctimas y los potenciales agresores, más frecuentes y graves serán los abusos. ¿Hay alguna institución en España que haya tenido un poder más omnívoro que la Iglesia católica?

-¿Es un foco de atracción para los pederastas entonces?

Imagínate que tú tienes este tipo de tendencias. Si trabajas en la Iglesia te dan acceso facílisimo a chavales, porque la Iglesia gestiona muchísimas instituciones de atención a la infancia: colegios, orfanatos, catequesis… Te elevan socialmente, te ponen un pedestal desde el que puedes mirar por encima del hombro al resto de los mortales y te garantizan el secretismo y la impunidad, porque si abusas de un menor y éste se queja, la Iglesia te va a defender y va a remover Roma con Santiago para que a ti no te denuncien. Desgraciadamente, la Iglesia católica se ha convertido en un refugio seguro para cualquier persona que quiera ejercer la pederastia. Entonces habrá gente que vaya con esa idea en mente y habrá gente que cuando comience a trabajar de cura vea que ocurren casos de esos a su alrededor y que no pasa nada. Ven que con el tema de la pederastia hay barra libre. 

-Has estado en El Vaticano en dos ocasiones. Fuiste uno de los representantes de las víctimas durante la histórica comparecencia del Vaticano frente al Comité de la Infancia de Naciones Unidas en 2014. Y también estuviste en la cumbre antipederastia celebrada el año pasado.

Sí. En 2014, Naciones Unidas examinó la manera en la que El Vaticano había gestionado los casos de pederastia. Su informe fue demoledor e hizo unas recomendaciones muy claras que la Iglesia ha ignorado. Pide la denuncia automática de todos los casos de pederastia a la justicia civil, que entreguen los archivos canónicos, tolerancia cero con los abusadores y los encubridores, indemnización a las víctimas y eliminar los plazos de prescripción, algo que la Conferencia Episcopal Mexicana ha hecho, o la de El Salvador también, pero que la Conferencia Episcopal española se niega a hacer. Sabemos lo que piensan los obispos españoles sobre temas como el aborto, el divorcio o el matrimonio gay, pero no sabemos lo que piensan sobre la prescripción en un asunto que les atañe a ellos directamente.

-¿Y crees que ha cambiado algo con el actual Papa?

Yo creo que el Papa Francisco es el gran vendedor de humo. Ha engañado a buena parte de la sociedad civil, pero también porque la sociedad civil se ha dejado engañar. Es decir, el Papa Francisco ha visto que bastaba con hacer un discurso aparentemente rupturista, progresista y moderno para que la gente, que deseaba aires nuevos en la Iglesia, le apoyara de forma entusiasta, pero no ha implementado acciones concretas.

La jerarquía católica cree que los delitos de los curas tienen que ser juzgados por otros curas y que tienen el derecho de transformar el delito en pecado

-¿Piensas que fue más bien un acto cosmético?

Sí. En el cónclave que celebró el año pasado con una delegación de víctimas, las víctimas pusimos sobre la mesa nuestras reivindicaciones, que son las reivindicaciones de Naciones Unidas que he mencionado antes, pero El Vaticano se negó a implementarlas.

Lo único que ha hecho es eliminar el secreto pontificio, que era una reividicación histórica de los colectivos de víctimas y eso ha sido una gran victoria para nosotros.

-¿Por qué crees que se ha permitido una justicia propia en el seno de la Iglesia?

La jerarquía católica cree que los delitos de los curas tienen que ser juzgados por otros curas y que estos tienen el derecho de transformar el delito en pecado. Esta aberración es un privilegio que la Iglesia ha tenido durante mucho tiempo. Cuando llegó la democratización de las sociedades, con la revolución francesa y la americana, todos estos privilegios del clero se abolieron, pero los obispos y los Papas no se hacían a la idea de perder privilegios, entonces, lo que perdían legalmente, lo intentaron recuperar por la puerta de atrás. Por eso, a principios del siglo XX, diseñaron un sistema de justicia paralelo, el sistema canónico, e implementaron el secreto pontificio para las investigaciones canónicas de delitos de pederastia. 

¿Esto qué quiere decir? Que hasta ahora, si a un sacerdote le acusaban de pederastia, la Iglesia le abría una investigación y El Vaticano prohibía al obispo, bajo pena de excomunión, denunciar el delito a la policía. Si la Justicia no se enteraba de que se había cometido un delito, no podía investigarlo y, claro, para cuando la víctima lo superaba y lo contaba, el delito ya había prescrito.

-¿Te sentiste engañado, de alguna manera, tras la reunión celebrada en El Vaticano?

En un principio sí, me sentí muy decepcionado. La pederastia dentro de la iglesia es una situación de Saturno devorando a sus hijos. Porque nosotros éramos críos católicos, de padres católicos, que habían ido a colegios católicos e iglesias católicas. Nos traicionó nuestra comunidad religiosa. 

He perdido toda fe en la capacidad de regeneración interna de la jerarquía católica y me he dado cuenta de que lo único que funciona es la presión externa. La iglesia es incapaz de reformarse por sí misma, necesita presión externa y eso significa un colectivo de activistas potente que denuncie, medios de comunicación que hagan periodismo de investigación y saquen a la luz nuevos casos y abogados de derechos humanos que denuncien a la Iglesia católica en los tribunales.

-A día de hoy, ¿eres católico?

No, en mi caso no. Yo tenía un sistema de creencias confesional, católico, pero ese sistema de creencias se me desmoronó y me quedé con la parte del catolicismo que es más cristiana-humanista, pero ahora no creo en Dios. Soy ateo. Después de un largo proceso y una larga búsqueda encontré una nueva religión, que es la defensa de los derechos humanos y hago proselitismo en este ámbito.

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