COVID-19

La periodista Marta García Aller advierte del peligro de que los algoritmos gobiernen nuestras vidas

Por Aida M. Pereda

“Las máquinas se encargarán de lo previsible; los humanos, de todo lo demás”, advierte Marta García Aller en su nuevo libro ‘Lo imprevisible: Todo lo que la tecnología quiere y no puede controlar’. La periodista Marta García Aller nos sumerge en una fascinante búsqueda de lo que significa ser humano en un mundo incierto dominado por las máquinas.

Después de ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’, García Aller profundiza en una de las cientos de contradicciones que forman parte de los seres humanos. “Nos gusta tenerlo todo bajo control, pero a la vez queremos que la vida nos sorprenda”. Por eso, no es de extrañar que hayamos creado algoritmos para predecir el tiempo, los atascos y hasta el amor. Los hay que componen música y pintan cuadros como los de Rembrandt. Algunos crean noticias falsas y otros predicen a quién vamos a votar.

Pero a medida que les vamos cediendo poder a las máquinas, más nos preocupa todo aquello que escapa de su control. ¿Por qué los algoritmos no pudieron prever la mayor pandemia global? ¿Qué aspectos de nuestra vida invadirá la inteligencia artificial tras el coronavirus? ¿Cuánto de lo que nos rodea seguirá siendo imprevisible?

-En el momento en el que nos encontramos, no hay mejor título para nuestro día a día… ‘Lo imprevisible’.

-La verdad es que sí.

-Sin embargo, llevabas año y medio trabajando en este libro antes de que se publicara en mayo.

-Sí. Este libro, además de por la pandemia, ha pasado por dos elecciones generales, por no sé cuántas investiduras fallidas y por una moción de censura. Como periodista, trabajo muy pendiente de la actualidad política y recuerdo la prisa que me metía mi editora para que lo acabara. Yo le prometía que cuando se calmara un poco el panorama político lo terminaría, pero no se calmaba nunca y mientras tanto iba encontrando más ejemplos de todas las cosas imprevisibles que nos pasan.

Finalmente, a raíz de la situación, introduje un capítulo sobre la pandemia para profundizar sobre hasta qué punto era o no imprevisible la llegada de la COVID-19, qué podía haber hecho la tecnología para preverla y por qué no nos preparamos a tiempo.

-Paradójicamente, ¡‘Lo imprevisible’ también se vio afectado por este imprevisto mundial!

-Sí. Lo que nunca me imaginé es que iba a terminar de escribirlo en medio de una pandemia mundial que fuera imprevisible. Si bien es cierto que, en realidad, esta incertidumbre que tenemos, y que ahora es más evidente que nunca por la pandemia de la COVID, había empezado hace años, en realidad.

-¿Qué papel ha jugado la aceleración de la tecnología en este incremento de la incertidumbre?

-Ambas cosas están relacionadas con cómo nos cuesta adaptarnos a un mundo que está cambiando tanto y tan rápidamente.

-Tu anterior libro, ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’, ¡parece un epílogo de lo que ha ocurrido!

-¡Sí! Hubo quien me acusaba de que sonaba apocalíptico. Sin embargo hablaba de que empezaba algo diferente y de que estaba en nuestra mano que fuera mejor.

Al fin y al cabo, la tecnología la dominamos los humanos, le damos forma nosotros. Y ahora, viendo lo que nos ha pasado con esta pandemia que nos ha tenido confinados en casa durante más de dos meses, que ha causado la muerte de tantas miles de personas, al final, lo realmente distópico es la realidad.

La nueva normalidad, marcada por la tecnología

-Ahora sí que podemos decir que hemos asistido al fin del mundo tal y como lo conocemos. Incluso se habla ya de la nueva normalidad…

-Desde luego. Tengo lectores de ‘El fin del mundo tal y como lo conocemos’ diciéndome que tenía razón, porque se están cumpliendo muchas de las cosas de las que hablaba en el libro, como el fin del dinero. Hablaba de la digitalización y de que el que no se adaptara tenía más riesgo de desaparecer…

Hablaba del final de muchos finales que daban lugar a situaciones nuevas y hay muchas de ellas que poco a poco han ido acelerándose, que es una de las cosas que está provocando la pandemia, que al tener que reinventar por completo nuestra manera de vivir, de organizar la sociedad que tenemos, ha acelerado el uso de la tecnología.

La periodista Marta García Aller, autora de ‘Lo imprevisible’.

Había tecnologías que existían, pero que no estaban muy extendidas entre la población, como por ejemplo las videollamadas. Podíamos hacerla con el móvil desde hace muchos años, pero apenas las hacíamos. Ahora, sin embargo, se han convertido en algo cotidiano. Es decir, hay tecnologías que existen pero que no consideramos necesario utilizar hasta que de repente se vuelven imprescindibles.

-¿De qué forma nos han cambiado las tecnologías?

-Las tecnologías están cambiando el mundo del trabajo y la manera de relacionamos las personas. Por ello es urgente entender cómo funcionan y cómo nos pueden ayudar en nuestro día a día. Hay que perderles el miedo, pero también tener precaución a la hora de utilizarlas.

El libro se envió a imprenta en abril, pero empecé a escribirlo año y medio antes. Hay un capítulo en el que hablo del futuro y de lo difícil que está para las nuevas generaciones porque los más jóvenes tienen que adaptarse. Que parece que por ser jóvenes tienen que dominar la tecnología y muchas veces no es así. Que nadie se lo ha explicado, no lo pueden aprender solos. Y es verdad que pensaba que esa incertidumbre llegó mucho antes que el coronavirus. No es algo que acabe de empezar.

-¿Podemos vivir mejor gracias a la tecnología?

-Hay tecnología que no ha sido creada para hacernos la vida más fácil, sino para obtener dinero para quienes la han desarrollado. Y son muchos los algoritmos construidos para intentar predecir nuestros gustos. Desde qué vamos a comprar por Internet, a cuál es la próxima serie que vamos a ver en la tele.

Aunque a veces puede parecer tonto este algoritmo, como si no me conociera en absoluto, cuando lo que me recomienda no me interesa en absoluto, a lo mejor es que no es tonto sino que se lo hace, porque no nos están recomendando lo que más nos gusta a nosotros, sino lo que una empresa decide que quiere convertir en un éxito. Y a veces confundimos esos términos. Los algoritmos no trabajan para nosotros, trabajan para las empresas que los han diseñado y quieren ganar dinero con ellos.

-Entonces ¿hasta qué punto podemos confiar en lo que nos dicen estos algoritmos?

-Pues deberíamos desconfiar tanto como de lo que nos dice un humano, porque detrás de esa máquina hay personas que lo han diseñado con unos intereses. Además, hay veces que las máquinas se equivocan y hay veces que se manipulan.

Hay un ejemplo muy reciente de un artista que quería demostrar hasta qué punto se puede engañar a los algoritmos. En su caso, quería demostrar que los algoritmos que utilizamos para predecir el tráfico, pueden ser fácilmente manipulados. Llenó un carricoche con teléfonos móviles y se puso a pasearlos por la calle, junto a la sede de Google en Berlín y así consiguió confundir por completo al algoritmo, que señalaba que ahí mismo había un gran atasco.

Con esta performance demostró que a veces miramos el móvil y creemos que lo que aparece allí es una verdad absoluta, cuando en realidad, deberíamos desconfiar mucho más a menudo de lo que lo hacemos.

Las fake news y el papel de los periodistas

-Otro ejemplo son las fake news. En su caso necesitan un ser humano que genere las noticias falsas, pero son las máquinas las que propagan rápidamente esas mentiras.

-Efectivamente. Hay un capítulo entero que dedico a la verdad, porque creo que va a ser uno de los grandes asuntos que determinen y den forma al siglo XXI.

Igual que recibimos bulos por Whatsapp, podemos recibir deep fakes, que son vídeos falsos generados con inteligencia artificial. Así, puedes hacer que el presidente del Gobierno diga algo que en realidad no ha dicho o hundir la reputación de un candidato en plena campaña electoral. Ya se está estudiando como una de las mayores amenazas en geopolítica mundial, porque tener a un líder mundial insultando a una potencia rival o declarándole la guerra puede desencadenar un problema de primer orden en redes sociales en cuestión de segundos hasta que se demuestre que esas declaraciones son falsas. A veces, incluso, puede no dar tiempo siquiera al desmentido.

Los deep fakes empezaron a utilizarse en el porno con actrices famosas a las que se  falseaba su rostro en cuerpos que no eran los suyos, pero ahora esta tecnología empieza a utilizarse para fraudes mucho más comunes. Ya se están dando casos de estafas en empresas en las que alguien recibe una llamada de teléfono y al otro lado alguien con la voz de su jefe le dice que haga una transferencia de dinero muy importante a una cuenta corriente. Como crees que se trata de tu jefe, obedeces, pero es un timo.

El poder imitar con tecnología la imagen y la voz de cualquier persona para decir cualquier cosa va a hacer que el concepto que tenemos de la verdad cambie por completo en el siglo XXI porque no vamos a poder creer a nuestros propios ojos.

-Por ello, la confianza en los periodistas, muy cuestionada en los últimos años, es, ahora, más necesaria que nunca. Los profesionales debemos especializarnos en todo esto que estás hablando para que no nos la cuelen.

-No puedo estar más de acuerdo. Ahora mismo hay una inundación de desinformación y el agua potable es lo más valioso que uno puede encontrar. Con la desinformación pasa lo mismo.

La labor del periodista ha cambiado por completo. Hemos de entender todas estas tecnologías, pues son herramientas que tenemos que manejar, porque contra las falsedades creadas por la inteligencia artificial, hace falta otra inteligencia artificial que detecte cuándo es falsa una foto o dónde ha sido generada una noticia y con qué intereses. La tecnología crea nuevas maneras de contar historias y tenemos que aprenderlas para estar a la altura.

Cuando la opinión pública empiece a darse cuenta de que lo que le llega por redes sociales no son más que bulos que intentan manipularles van a volver a los profesionales que aportemos un poco de luz. La credibilidad nunca ha sido tan importante como ahora que hay información y desinformación mezclada por todas partes.

Portada del libro ‘Lo imprevisible’, de Marta García Aller.

-Aún más en periodos de crisis, no sólo política sino sanitaria, como ésta, se aprovecha para bombardear con desinformación, aprovechando que la población está más vulnerable.

-Sí, Ahora mismo, en una pandemia tan terrible como ésta, vemos cómo hay redes sociales, como Facebook, que por fin acceden a verificar cierta información y a eliminar bulos que pueden poner en riesgo la salud de la gente. Había auténticas barbaridades que se estaban publicando y de las que no se hacían responsables en nombre de la libertad de expresión.

Tenemos que entender cómo funcionan los algoritmos para saber que las cosas que más nos escandalizan son las que más se visibilizan porque generan reacciones emocionales. Así se multiplican y se viralizan las cosas, apelando a las tripas de la gente. Y está bien que empecemos a pedirles a las redes sociales que sean responsables de los bulos que esparcen, porque pueden causar mucho daño a las sociedades a las que están polarizando.

Aprendizaje y olvido

-Bueno y… tras el coronavirus ¿qué pasará? Porque hablas de aspectos de nuestra vida que la inteligencia artificial ya estaba invadiendo, pero también se avecinan cambios después de toda esta tormenta, ¿no?

-Hay muchas tendencias que se están acelerando. El teletrabajo es una de ellas. Llevábamos décadas hablando del teletrabajo, desde que llegó Internet, pero hasta ahora no se había puesto en práctica por completo.

Y otra, por supuesto, es la educación a distancia, que también va a ser algo en lo que se va a invertir mucho porque no basta con que la tecnología exista, hay que garantizar que llega a todos. No todas las familias tienen ordenadores en casa para los niños y no todas los saben utilizar. Hay que garantizar que esa tecnología ayuda al aprendizaje y que está al alcance de todos para que no se produzca una brecha digital.

Y esto no es algo que vaya a solucionar ningún algoritmo. Eso es política y somos las personas las que tenemos que establecer las prioridades. Creo que si nos enseña algo la COVID-19 es que la salud y la educación deberían ser absolutamente prioritarias en la búsqueda de soluciones.

-Se filosofa mucho acerca de cómo seremos después de esta crisis. Hay gente que dice que iguales y hay quienes dice que cambiaremos, no sabemos si a mejor o a peor. ¿Cuál es tu opinión?

-Bueno, como somos 7.000 millones de habitantes en el planeta, seguramente habrá espacio para que todos tengamos razón. Habrá quien no haya aprendido nada y a otros a los que esta experiencia les cambie para siempre. Lo importante es no olvidar lo mucho o lo poco que aprendamos.

-¿Crees que el olvido se ha convertido, desgraciadamente, en un requisito para la supervivencia?

-Resulta muy inquietante pensar que, en 1918, durante la mal llamada gripe española, murieron más personas que en la Primera y la Segunda Guerra Mundial y, sin embargo, es un momento de la Historia que apenas se estudia. No hay memoriales ni monumentos a los caídos por aquella tragedia. Creo que el olvido aumenta las posibilidades de que los errores se repitan, así que esperemos que, sea mucho o poco lo que aprendamos, al menos no caiga en el olvido.

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