Hombres que caminan solos de José Ignacio Carnero

El escritor José Ignacio Carnero, autor de ‘Ama’, regresa a la ficción con ‘Hombres que caminan solos’, una novela sobre la pérdida, la soledad y la fragilidad

Por Aida M. Pereda

Con ‘Ama’ -‘madre’ en euskera y también imperativo del verbo ‘amar’-, descubrimos a José Ignacio Carnero, un joven escritor que quedó finalista del Premio Euskadi de Novela con esta historia autobiográfica donde relataba la vida de su madre, emigrante gallega que trabajó de interna en una casa de la aristocracia vasca.

Y ahora, este joven escritor de Portugalete, que trabaja como abogado en un bufete de Barcelona, regresa a sus raíces, a la Margen Izquierda de Bizkaia, con ‘Hombres que caminan solos’. Un relato sobre la pérdida materna, la depresión, la soledad y la fragilidad masculina, inspirado en su propia vida pero con los trucos y licencias de la ficción.

Según reza su solapa, “este viaje al fondo de una enfermedad que aún se nombra en voz baja nos habla de un padre, de un  hijo y de todos los que les rodean. Nos habla de un enamoramiento transatlántico, de una misteriosa  mujer que calla su dolor, de madrugadas en Buenos Aires y días circulando por carreteras secundarias españolas, de un funeral desértico en Cádiz o de un vuelo alucinógeno desde la selva amazónica hasta los Altos Hornos de Vizcaya. Nos habla de la madre  fallecida que nunca se ha ido y del padre que siempre está ahí, de lo frágil de la masculinidad, de sus  trampas y sus máscaras”.

-Después de tu libro de viajes ‘La luz de Lisboa’ y tu novela ‘Ama’, regresas a la ficción con ‘Hombres que caminan solos’. ¿Sentías mucha presión después de haber quedado finalista del Premio Euskadi de Literatura en Español?

-En absoluto. Escribir es una necesidad, algo que me sale de dentro, por lo que todo aquello ajeno a la propia actividad de escribir no me influye. Al menos, procuro que sea así.

-¿No te ha influido tampoco la pandemia en la creación de este libro, a nivel anímico, organizativo o de cualquier otra índole?

-En este libro en concreto no, porque está escrito antes de la pandemia. Durante la misma sólo lo corregí, que es un trabajo más artesanal que creativo, así que no me ha influido. Sí que es cierto que desde que comenzó la crisis sanitaria apenas he escrito cosas nuevas, supongo que porque la literatura y la vida se mezclan mucho en mi estilo y, desde que comenzó todo esto, mi vida, como la de todos, es más pobre.

-Tu trabajo en un bufete como abogado, ¿te sirve como fuente de inspiración?

-No. Distingo muy claramente mi parte profesional de la literaria. Procuro separarlas y que no se contaminen. Además, las experiencias como abogado poco tienen que ver con lo que vemos en los thrillers o películas sobre ellos: todo es mucho más gris.

La vida real es tan fugaz y azarosa que apenas somos capaces de comprenderla. En la vida escrita tenemos todo el tiempo del mundo para ajustar lo que está desajustado

-Sin duda, tu familia y tus vivencias personales aparecen reflejadas en tus novelas. ¿Cómo combinas la parte personal con la ficticia?

-No las distingo. La vida real es tan fugaz y azarosa que apenas somos capaces de comprenderla. En la vida escrita, por el contrario, tenemos todo el tiempo del mundo para ajustar lo que está desajustado. A menudo, la vida literaria es más justa y real que la propia vida misma. Por tanto, no puedo decir que una sea más auténtica que la otra.

-En esta historia viajamos a Buenos Aires, a Cádiz, a la selva amazónica pero también a Euskadi, pues en tus dos novelas aparecen reflejadas claramente tus raíces vascas -concretamente jarrilleras-, a pesar de llevar años afincado en Barcelona. ¿Cómo trasladas el paisaje y la forma de ser de los vascos al papel a la hora de confeccionar tus historias?

-La Margen Izquierda es mi infancia y creo que la infancia es el lugar literario por excelencia. Todos los novelistas vuelven continuamente a ella, por lo que es lógico que ese paisaje esté tan presente en lo que escribo. En particular, lo vasco, para mí, es ese paisaje, ese pequeño mundo de emigrantes, de gente desarraigada que acaba echando raíces, pero que, en el fondo, acaba por ser alguien que no pertenece a ningún lugar. Es algo universal: por eso me interesa.

-¿Qué es para ti Altos Hornos? ¿Qué relación directa o indirecta tienes con esta histórica industria?

-Es el paisaje de mi infancia. Convertir en bello lo sucio supongo que es algo común en el arte y, por eso, aparece en mi escritura. De otro lado, la fábrica como miembro de la familia, como dios (que nos alimenta) y como diablo (que nos explota, nos ensucia y nos enferma) me parece muy interesante. Altos Hornos, y tantas otras fábricas, eran un ser vivo más de ese hábitat y como tal se les debe prestar atención.

-¿Quiénes son los hombres que caminan solos y que forman parte de este título tan evocador?

-Hombres y mujeres, en realidad. Todos caminamos así, aunque estemos acompañados. Nacemos y morimos solos. Pero no sólo eso: nuestra sociedad, individualista y competitiva, hace esfuerzos constantes por aislarnos. Supongo que la soledad es algo muy común para todos.

-¿Crees que el concepto de masculinidad ha cambiado hoy en día o la sociedad sigue aferrada a referentes e imposiciones del pasado?

-Ha cambiado, pero el proceso no es tan rápido como creemos. Desprenderse de las cargas y privilegios del pasado lleva su tiempo. Por mucho que pensemos de una manera determinada, a menudo acabamos comportándonos en base a pautas del pasado.

En esta novela, los personajes femeninos interpretan y actúan mucho más inteligentemente que los hombres en lo que a emociones se refiere

-¿Son los protagonistas de tu libro un reflejo de los distintos tipos de hombres que existen en la actualidad?

-En parte, sí. Hay cierto enfrentamiento entre esos tipos de hombres, pero también un reflejo de la desorientación que vivimos. No obstante, siendo la novela un relato íntimo, lo que más claro queda es que los personajes femeninos interpretan y actúan mucho más inteligentemente que los hombres en lo que a las emociones se refiere. Los hombres de la novela son, a menudo, patéticos, por más que existan diferencias entre ellos.

-Se habla mucho de la nueva masculinidad, ¿crees que es un concepto necesario para avanzar hacia la igualdad entre hombres y mujeres?

-No creo que los conceptos hagan avanzar nada por sí mismos. Supongo que la igualdad se conseguirá a través de un goteo de pequeños cambios apenas perceptibles. En general, no tengo mucha esperanza en que los grandes conceptos cambien el mundo de forma radical.

-Además de la fragilidad masculina, también hablas de la búsqueda de la felicidad, convertida a veces en un unicornio. ¿Crees que está mal visto mostrarse infeliz?

-Claro que la infelicidad está muy mal vista. Creo que, entre otras cosas, porque no vende bien; es un estado de ánimo contrario a ese otro que procura un consumo desaforado y, asimismo, una eficiencia, una rentabilidad, eso que nos hace más útiles en una sociedad enfocada a esa necesidad de ser productivo. La felicidad es productiva. La infelicidad, por el contrario, es estéril para casi todo.

-Y abordas un tema tabú, como es la depresión de una forma luminosa, incluso con un toque de humor negro… ¿por qué?

-Porque el humor sirve para iluminar zonas oscuras y para acercarse a temas espinosos. Es una herramienta muy útil para desengrasar y ser capaces de abrir debates cuya habitual solemnidad hace que nos alejemos de ellos.

-En ‘Hombres que caminan solos’ el lector acompaña a ese padre y ese hijo en su duelo, ¿de qué forma podrán superar la pérdida de la madre fallecida?

-De la única forma posible: a través del amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *