Borja Ortiz de Gondra

El dramaturgo Borja Ortiz de Gondra traslada su universo de autoficción familiar a la novela con ‘Nunca serás un verdadero Gondra’

Por Aida M. Pereda

Dramaturgo de reconocido prestigio, Borja Ortiz de Gondra (Bilbao, 1965) cuenta en su haber con grandes premios, como el Max, el Lope de Vega o el Calderón de la Barca. Autor de ‘Duda razonable’, ‘Memento mori’ o las exitosas obras de teatro ‘Los Gondra’ y ‘Los otros Gondra’, regresa a su universo de autoficción familiar con ‘Nunca serás un verdadero Gondra’, una novela en la que el protagonista -un álter ego del propio Borja- regresa a su Algorta natal treinta años después de haber puesto tierra de por medio tratando de huir de sus raíces. En su debut literario, Ortiz de Gondra firma una bella obra en busca de la identidad, la importancia de la memoria colectiva y la necesidad de construir un destino propio, al margen del que nos impone nuestra familia y nuestra tierra. 

“El protagonista de esta historia, Borja, trabaja como traductor en un organismo internacional de Nueva York, donde vive con John, su pareja. Una noche recibe una llamada de una prima olvidada para comunicarle que su hermano acaba de morir y que tiene algo que darle. En los años noventa, Borja abandonó el País Vasco para romper con una familia y una tierra intoxicadas por el odio y la incomprensión. En Estados Unidos se convirtió en otra persona, alguien que, con las raíces arrancadas y un pasado sepultado, abrazó un presente vivido en libertad y en otra lengua, pero una llamada puede bastar para derribar los muros más altos.

Ahora él, hijo de una maldita estirpe venida a menos, es el único heredero del caserón abandonado que domina el mar desde lo alto del pueblo de Algorta. Sólo él puede abrir de nuevo la puerta y decidir qué hacer con tantos años de silencio y dolor. Pero cerrar las heridas no es fácil y el empeño de escribir un libro sobre aquel pasado tal vez contribuya a reavivarlas”.

-Te conocemos por ‘Los Gondra’ y ‘Los otros Gondra’, dos exitosas obras de teatro que entroncan perfectamente con ‘Nunca serás un verdadero Gondra’, tu debut en el género de la novela. Sin embargo, en realidad fue el libro la semilla de este universo propio, ¿cómo lo gestaste?

-Sí. Realmente se han visto en orden inverso, pero empecé a escribir primero el libro porque yo quería contar la historia de una familia vasca y como siempre quise ser novelista me volqué en hacer una novela. Y es que la literatura siempre ha sido mi primera vocación, lo que pasa es que el teatro se cruzó en mi vida y por eso me dediqué al teatro.

Empecé a escribir esta novela en 2004, pero no conseguía encontrar el tono porque no sabía cómo contar esos cien años de una familia. Escribía un poco, la abandonaba, la volvía a coger… Terminé escribiendo dos obras de teatro, ‘Los Gondra’ y ‘Los otros Gondra’, en las que cuento algunas historias de esta familia, y no fue hasta que el director me propuso subir al escenario y hacer de mí mismo, cuando se me ocurrió cómo construir la novela. Ahí entendí que la manera de contar esa novela tenía que ser a través de un escritor que se parece a mí y que trata de averiguar los secretos de esa familia. Entonces, cuando terminé las representaciones de la primera obra me senté a escribir la novela y ahí fluyó la narración.

Portada de la novela ‘Nunca serás un verdadero Gondra’.

-¿Son independientes una de otra?

-Sí, pues no se trata de una traslación de las obras de teatro a la novela. Realmente son planetas independientes de un universo que está formado por esta familia de Algorta, los Gondra, a lo largo de cien años. Y a veces, esos planetas se encuentran en sus órbitas y a veces no. Es decir, hay algunos puntos en común. Quienes hayan visto la obra de teatro reconocerán una cosa muy importante que pasó en el frontón que aparece sesgadamente en la novela, pero la novela cuenta otra serie de cosas, sobre todo de mi vida en Nueva York, que nunca aparecieron en el teatro.

-Fue un proceso largo, pues no terminaste de escribir ‘Nunca serás un verdadero Gondra’ hasta el año 2019.

-Sí. Han transcurrido 15 años desde que empecé a escribirla hasta que la terminé. Y aunque estaba prevista su publicación en 2020, desde la editorial me recomendaron esperar un poco porque una primera novela en plena pandemia era muy arriesgado. La verdad es que estoy muy contento de que haya salido ahora, en febrero de 2021, pues ha tenido mucha repercusión.

-Cuando escribiste las cien primeras páginas se las enseñaste a Claudio López Lamadrid, -prestigioso editor de Penguin Random House-, quien te apoyó a continuar con tu historia. La pena es que no pudo leerla al completo ya que falleció antes de que la terminases.

-Sí, es verdad. A él se lo debo todo y creo que nos dio una gran enseñanza a todos los que nos dedicamos a escribir. Con esas primeras cien páginas que escribí se la di a leer a una editora muy conocida de este país, cuyo nombre no puedo decir, y me devolvió el manuscrito tal cual, diciéndome que no, que no entendía nada, que era incomprensible. Entonces yo me quedé completamente hundido y pensé que lo que había escrito no iba a ninguna parte.

Pero se cruzó por mi vida Claudio López Lamadrid, que leyó exactamente las mismas cien páginas, pues no cambié ni una coma, y me llamó inmediatamente y me dijo: “Te voy a decir dos cosas. Una: es muy radical, pero es muy personal. Tienes una voz propia y no trates de parecerte a otros, sigue por ahí. Y dos: no se la enseñes a nadie más que la quiero yo en mi editorial”. Lo que siempre agradeceré a Claudio es que me empujó a ser más radical, porque había cogido un poco de miedo con el anterior rechazo. Lo terrible fue que murió antes de terminarla, pero mi nuevo editor, Miguel Aguilar, me dijo: “mira, lo que dijera Claudio bien dicho está”, así que me han dado la posibilidad de escribir la novela como yo quería.

Es una novela en la que se mezclan cosas que seguramente me pasaron y que le ocurren a alguien que se parece mucho a mí y que lleva mi nombre, pero que no comparte conmigo el DNI

-Es precisamente la originalidad estructural de esta novela lo que la hace única, ya que combina pasado y presente y narra una historia dentro de otra, lo que en literatura se conoce como ‘mise en abîme’.

-Sí, yo entiendo que es una novela compleja pero no creo que sea tan difícil de leer, porque es una novela de alguien que a su vez está escribiendo otra novela. Entonces lo que hago es intercalar los capítulos de ‘Nunca serás un verdadero Gondra’, que es la novela que está leyendo el lector y que hablan de mí, en presente, con los capítulos de la novela que yo estoy escribiendo, que es ‘Nunca serás un verdadero Arsuaga’, que son la ficcionalización de mi familia en los años 90. Es fácil de entender porque todo el presente nos ocurre a nosotros, los Gondra, y en cambio, el pasado está protagonizado por la familia de los Arsuaga.

-Los periodistas preguntamos siempre sobre cuánto hay de realidad en la ficción… Sin embargo, esa desnudez que recorre las páginas puede recibir un hermetismo como respuesta. ¿A qué se debe? ¿Hay algo de pudor, es una forma de protección del entorno o simplemente un freno a ese interés insaciable de los lectores?

-Bueno, en mi caso lo que siempre digo es que he escrito una novela. Es decir, no es mi diario íntimo y tampoco es una autobiografía. Es una novela en la que se mezclan cosas que seguramente me pasaron y que le ocurren a alguien que se parece mucho a mí y que lleva mi nombre, pero que no comparte conmigo el DNI. No soy yo exactamente y mi familia tampoco es ésa.

 Borja Ortiz de Gondra con el premio Max que ganó con ‘Los Gondra’.

Lo que yo quería contar era el pasado de una familia vasca que ha sido recorrida por cien años de violencia, pero no sabía si contarlo en primera persona y dar testimonio de esa violencia o escribir una novela donde la ficción me ayudara a cerrar las heridas. Y la autoficción me ha servido para hacer las dos cosas a la vez. Cuando tú estás leyendo algo de alguien que habla en su propio nombre, le das un valor mayor, porque parece que la persona está contando su dolor en voz alta, pero al mismo tiempo existe placer para los lectores al entender que lo que están leyendo es un artefacto literario. Al final, la historia le tiene que conmover al lector, sea real o mentira, lo importante es que algo le haya removido.

Los lectores de ‘Nunca serás un verdadero Gondra’ van a entender muy rápidamente que no todo es cierto porque, de hecho, a lo largo de la novela, aparecen unas voces que parecen de los antepasados, aunque nunca se sabe muy bien de quién son, diciendo “cuidado, porque no paras de tergiversar, de contar las cosas como te convienen, de mostrarnos como tú quieres, no como realmente éramos…” Soy un narrador muy poco fiable (risas). Entre lo que recuerdo, lo que invento, lo que sueño y lo que temo termino haciendo un libro.

-El Borja de la ficción empieza a escribir una novela como terapia para cerrar las heridas del pasado. En este proceso se atisba un intento de auto-redención a través de la literatura, ¿también te pasa a ti? ¿Qué es lo que más te atrae de la autoficción? 

-La literatura no tiene que cumplir más misión que ser literatura. Es decir, como escritor no puedes hacer terapia porque eso es jugar con los lectores. Para terapia iría a un psicólogo (risas). Tú tienes que entregar una novela, un artefacto literario.

Lo que sí es cierto es que cuanto más escribo sobre temas muy cercanos a mí, más hago las paces con cosas de mi pasado que me han dolido. Y por otra parte, la literatura me ayuda a entender la postura de los otros. Cuando tengo que escribir un capítulo o una escena en la que estoy yo como personaje junto a otro personaje que discute conmigo, yo tengo que darles razones a los dos para ser justo con ellos. Y al escribirlo me pongo en la piel de la otra persona que se enfrenta a mí y empiezo a entender cuáles eran sus razones.

Lo curioso es que en la vida no las entiendo, porque estoy encasillado en mis posturas, pero cuando lo miro desde fuera, como escritor, me pongo en la piel del otro y lo puedo llegar a entender. Y para mí esto es algo que yo siempre he buscado en la literatura y que espero que le sirva también a mis lectores para ponerse en la piel de otro. Que cuando lees algo puedas entender cómo vive y cómo siente alguien que no tiene nada que ver contigo.

Lo que cuento es lo que vivíamos en Euskadi en los años de plomo, pero es una novela muy universal, sobre la búsqueda de la identidad y sobre la manera de cerrar heridas, que se puede entender en muchos sitios

Por eso creo que todas las conductas identitarias, donde sólo puedes escribir historias de la gente que es igual que tú, me parecen deleznables, porque lo propio de los escritores es ponernos en la piel del otro.

-En esta novela sobrevuela la violencia latente y patente que se respiraba en Euskadi en los años de plomo.

-Sí. Aparece esa violencia y ese mundo, aunque no hay terrorismo, no hay bombas y a nadie le pegan un tiro, pero sí que hay esa violencia de baja intensidad, de amenazas… y eso responde a lo que yo viví en Algorta en los años 80. A través de mi personaje cuento mi pasado, pero realmente eso es un tercio de la novela.

Los otros dos tercios son la vida a día de hoy y cómo se cierran esas heridas cuando un personaje vuelve a su pueblo 30 años después y encuentra que algunos han olvidado el pasado y otros siguen encasillados en él, pero nadie sabe cómo dar un paso adelante. Curiosamente, eso hace eco con lo que él escucha en su trabajo en Nueva York, donde está rodeado de personas que vienen de sociedades que han estado rodeadas por la violencia.

-Son temas que a pesar de inscribirse en un lugar concreto son universales…

-Es una novela que leída en el País Vasco se lee en unas claves muy vascas, porque lo que cuento es lo que vivíamos en ese lugar concreto, pero al mismo tiempo creo que es una novela muy universal, sobre la búsqueda de la identidad y sobre la manera de cerrar heridas, que se puede entender en muchos sitios.

Para mí, la sorpresa más grande es que cuando he escrito las obras más locales es cuando más éxito internacional he obtenido. Las obras de teatro se publicaron inmediatamente en francés, en inglés y en italiano. Ahora incluso hay una propuesta para hacerlas en húngaro. Y la novela se traducirá también.

-Una pregunta, el caserío familiar de Algorta tan presente en el libro, ¿existe en la realidad?

-Bueno… Los algorteños pueden ir a buscar esta casa sobre el acantilado, pero no la encontrarán (risas). Realmente no existe como tal, es una mezcla de varias casas que están sobre Usategi y de varios sitios en los que he vivido. Los de Algorta reconocerán ciertas cosas, pero lo que quería era contribuir al Algorta imaginario en homenaje a Ramiro Pinilla, que hizo literatura de la playa de Arrigunaga y del molino de Aixerrota.

Debería haberme convertido en un hombre cosmopolita y sin embargo me siento muy atado a mi tierra, a esas raíces, a la familia… y siempre vuelvo a ella. Soy un escritor vasco, pero de la diáspora, y hablo de temas vascos

-Ahora vives a caballo entre Madrid y Nueva York después de residir en París y en Ginebra. A pesar de la distancia geográfica con tu tierra, sigues vinculado a tus raíces.

-Es un tema que nunca he sabido resolver y por eso escribo sobre él. He pasado la mayor parte de mi vida muy lejos, pero realmente paso los veranos en Algorta, mi tierra. Debería haberme convertido en un hombre cosmopolita y sin embargo me siento muy atado a mi tierra, a esas raíces, a la familia… y siempre vuelvo a ella. Soy un escritor vasco, pero de la diáspora, y hablo de temas vascos.

Como escritor tú no eliges lo que quieres contar, tú no eliges tu mundo, sino que tu mundo te elige a ti y, en mi caso, creo que busqué irme de allí, desenraizarme y hacerme cosmopolita, pero fue una enorme equivocación porque como no había cerrado ciertas heridas del pasado me he quedado enganchado con ese pasado y siempre tengo que volver a él.

Por un lado, en la novela está toda la violencia que sufre esta familia y sus amigos, pero también está el negocio familiar que se está hundiendo, la madre y el padre que le piden que se quede, que se case con la mujer adecuada que tiene los apellidos adecuados, que mantenga el nombre de la familia y sobre todo que tenga un hijo.

Tiene que seguir perpetuando la saga de los Gondra y él no hace nada de eso. Huye de la violencia en lugar de enfrentarse a ella, no defiende al hermano, renuncia a hacerse cargo del negocio familiar, no se casa ni sigue la vía de casarse con una mujer y no tiene hijos. No acepta nada de lo que le obligaban a hacer y aparece ese sentimiento de culpa de qué hubiera pasado si yo no me hubiera ido y hubiera defendido todas estas cosas porque al regresar a Algorta ve que la casa se derrumba y que se ha convertido en el último de la saga, que no va a haber nadie detrás y va a desaparecer.

Reparto de ‘Los otros Gondra’.

Yo me marché en vez de hacer algo cuando había que hacer algo. Es verdad que, seguramente, si me hubiera quedado, mi vida no hubiera tenido sentido, porque no me permitía hacer lo que quería hacer. Al irme conseguí la libertad de crear mi propia identidad, pero arrastro una culpa y por eso tengo que seguir hablando de ello.

-Hay quienes critican que se hable desde fuera de algo tan doloroso y tan interno como es el conflicto vasco. ¿Crees que hacen falta más voces que hablen desde aquí mismo?

-Pues mira, ese es el debate continuo en el que estamos. Es verdad que si yo escribiera sobre un lugar en el mundo que no tiene nada que ver conmigo, no tendría esa sensibilidad a flor de piel. Es decir, yo escribo sobre un lugar en el que viví hasta los 23 años y que me sigue doliendo, pero el haberme ido y mirarlo desde fuera me permite una cierta objetividad que creo que desde dentro no tienen.

Los escritores vascos que escriben desde dentro seguramente tienen una mirada muy distinta de la mía y, para mí, lo interesante es que todas las miradas confluyan en un mosaico que refleje esta sociedad. En un encuentro literario con Kirmen Uribe que mantuvimos en el Teatro Nacional cuando hice ‘Los Gondra’, hablábamos de que no se trata de que uno de los escritores vascos haga el relato definitivo o que un tipo de escritores o en un tipo de lengua anulen la mirada de los otros.

Lo hermoso del momento en el que estamos es que muchos escritores, desde muchos sitios muy distintos y en las dos lenguas, aporten su visión, porque como sociedad hemos vivido eso de estar unos de espaldas a los otros sin ponernos en la piel del otro. Entonces, a través de la literatura, yo puedo acceder a la mirada y al dolor de gente que en la vida real no hubiera conocido. Entiendo esas críticas, pero creo que es injusta, en el sentido de que no sólo puedes hablar de ello viviendo desde dentro. 

-Tenemos el caso de Fernando Aramburu, por ejemplo, que reside en Alemania desde hace muchos años, pero ha firmado la obra magistral de ‘Patria’. ¿Sientes conexión con esta obra en la que también cobra protagonismo la unidad familiar?

-Pues mira, yo tengo mucha conexión con Fernando Aramburu. Y con él me pasa una cosa muy curiosa y es que cuando estaba dando vueltas a cómo escribir ‘Nunca serás un verdadero Gondra’, con esa idea de una novela dentro de otra novela, resulta que él sacó un libro que se llama ‘Años lentos’ que tiene la misma estructura. En su novela, un escritor escribe un libro y te da en bruto los borradores del libro. Entonces me dije: “bueno, pues ya lo ha hecho Fernando Aramburu, no tiene sentido que lo hagas tú”. Aunque luego entendí que cada uno tiene su camino. Y me parece que sí, que hay puntos en común, aunque bueno, uno no puede medirse con ‘Patria’, es única e irrepetible. 

En realidad los libros siempre se insertan antes de uno y después de otro y creo que ‘Patria’ puede ser un libro que nos paralice al resto de escritores porque te preguntas qué hacemos los demás, pero realmente cada escritor debe mirarse al interior y buscar su voz y su manera de contar. Que lo haya hecho Fernando no quiere decir que los demás no podamos tratar esos mismos temas con otra mirada.

También siento mucha conexión con otra novela que me parece capital, aunque ésta ha tenido menos repercusión porque se escribió en euskera, que es ‘Martutene’, de Ramón Saizarbitoria.

Entre los jóvenes que han crecido sin saber lo que es el terrorismo, hay esperanza de que puedan vivir así toda su vida, pero claro, tampoco es justo que olviden lo que sufrieron las generaciones anteriores

-Y yo creo que también hay reminiscencias de ‘Cien años de soledad’, un clásico de los clásicos…

-Sí. Cuando empecé a escribir la novela no había manera de escribirla porque tenía dos modelos, que claro, son dos cumbres de la literatura, y nunca jamás vas a llegar a nada parecido. Por un lado estaba ‘Cien años de soledad’, que cuenta maravillosamente una saga de principio a fin.

Y por otro lado, ‘Guerra y paz’, que es uno de mis libros de cabecera, donde aparece toda la civilización rusa durante los años de las guerras napoleónicas contadas en mil y pico páginas con todo lujo de detalles. Yo lo que quería era hacer un cruce imposible entre ‘Guerra y paz’ y ‘Cien años de soledad’ sobre una familia vasca. Y claro, eso no había manera de hacerlo (risas).

-En vez de mil páginas harían falta unas cuantas miles más para contar todo (risas).

-(Risas). Sí, y además cuando uno intenta imitar a alguien… mal. Por eso digo que me vino fenomenal el consejo que me dio Claudio de que no tratase de parecerme a nadie, que buscara mi manera. Y eso me liberó.

-Y bueno pues ya para cerrar, hablando de la Historia, con los Gondra hemos sido testigos de las Guerras Carlistas de finales del siglo XIX, de la Guerra Civil y ahora visitaremos los años del terrorismo de ETA y el presente… ¿crees que estamos condenados a repetir la Historia? ¿corremos el peligro de perpetuar la violencia con la que hemos crecido?

-Bueno, no quiero hacer ‘spoiler’, pero la novela termina con un capítulo que yo quise que fuera esperanzador pero no ingenuo. Hay esperanza de que los jóvenes puedan entenderse y crear un futuro que no repita los patrones del pasado, lo que pasa es que tienen dos peligros. Por un lado, el de perpetuar el rol de sus familias, y por otro, si no saben nada del pasado corren el riesgo de volverlo a hacer.

-¿Crees que los jóvenes tienen un papel clave, de bisagra intergeneracional, entre quienes han vivido esa violencia en primera persona y quienes no saben nada de esa etapa?

-Sí, porque yo tengo 55 años y pienso que la gente de mi generación es imposible que nos desprendamos de lo que vivimos. Entonces, para nosotros es mucho más difícil dar un paso hacia adelante. En cambio, entre los jóvenes que han crecido sin saber lo que es el terrorismo ni nada de lo que para nosotros era cotidiano, hay esperanza de que puedan vivir así toda su vida, pero claro, tampoco es justo que olviden lo que sufrieron las generaciones anteriores.

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