Galder Reguera

AIDA M. PEREDA

La Nochevieja de 1974, justo el día en que la madre de Galder Reguera supo que estaba embarazada de él, su padre moría en un accidente de coche. 46 años después de aquel suceso, el escritor bilbaíno presenta ‘Libro de familia’, un viaje a sus raíces en una apasionante investigación sobre la personalidad de un padre al que nunca pudo conocer pero que le permite la descubrir la lucha de su madre por seguir adelante con sus dos hijos.

Pero ‘Libro de familia’ es mucho más que un diario intrafamiliar. El autor de ‘Hijos del fútbol’ o ‘La vida en fuera de juego’ firma un encomiable trabajo de memoria íntima y al mismo tiempo colectiva, un bello homenaje de un hijo a un padre en un apasionante relato de familia marcado por los acontecimientos y un fiel retrato de todas aquellas mujeres que intentaron luchar contra las machistas normas de la época.

-Después de haber publicado una novela juvenil y un ensayo sobre el mundo del fútbol, nos sorprendes ahora con ‘Libro de familia’, una novela en la que cuentas la historia de tu propia familia, ¿por qué?

En realidad es algo que no tenía previsto hacer. Yo estaba escribiendo otra cosa, pero un día me escribió un primo mío del que no sé nada, diciéndome que quería conocerme. Tomamos un café y cuando me empezó a hablar de mi padre, al que tampoco conocí, porque falleció el mismo día en el que mi madre le dijo que estaba embarazada de mí, me di cuenta de que no le estaba escuchando. Siempre que alguien me hablaba de mi padre, yo cerraba las orejas.

Y esa noche, cuando uno de mis dos hijos se desveló, me tumbé en la cama con él, acurrucado, para que volviera a dormirse, y de repente me entró una angustia terrible. Pensé que si me moría en ese momento sería una pena que mis hijos rechazasen mi figura por circunstancias que yo no iba a poder controlar. Entonces, me propuse empezar a investigar quién fue mi padre. Si yo fuera pintor habría hecho un retrato, pero como soy escritor me propuse hacer un libro.

-¿Cómo fue crecer con dos padres?

Bueno, siempre he tenido una relación muy problemática con mi padre biológico, porque Javi, mi padrastro, apareció en casa cuando yo tenía tres años, entonces no he tenido ausencia de padre, todo lo contrario. Mi madre siempre mantuvo fotos suyas en casa y nos hablaba de él con mucho amor. Es decir, tenía la sombra de mi padre biológico, proyectada sobre mí y mi familia, y eso me hacía sufrir mucho. 

Con ocho años, pensaba que si ese señor que aparecía en las fotos no se hubiera muerto, yo no habría conocido a Javi, al que adoraba y al que consideraba mi padre. Y ese pensamiento me hacía sentir muy mal, porque mi madre, que es muy católica, rezaba con nosotros al pie de la cama y pedía por nuestros dos padres, el que nos cuidaba todos los días y el que estaba en el cielo y estaba muy orgulloso de nosotros. Y yo sentía que no le pagaba con la misma moneda.

Era Nochevieja y le tocó ir a arreglar un tocadiscos. Volviendo a casa en el coche, un tío que había bebido, se salió del carril y lo mató

-¿Ha sido muy difícil para ti escribir este libro, por el trabajo emocional que conlleva?

Bueno, ha habido momentos. Para escribir el libro me puse en contacto con los Reguera, a los que no conozco porque desaparecieron del mapa según murió mi padre. Y después de 45 años sin ninguna llamada, ni felicitación de cumpleaños, ni nada… hubo momentos de tensión en esas reuniones. Si no escribo este libro, no hubiésemos estado en una mesa hablando.

Incluso llegaste a realizar una investigación para comprobar las causas del accidente de tráfico en el que murió tu padre….

Sí. Mi padre era técnico de sonido en la empresa familiar de los Reguera. En Nochevieja tenía que ir a arreglar un tocadiscos a San Salvador del Valle (Valle de Trápaga-Trapagaran). Llamó a mi madre para decirle que llegaría a casa en un rato. Y a la vuelta, un tío que había bebido, Bernardino Expósito, se salió del carril y lo mató.

-Lo más curioso es que, buscando la historia de tu padre, descubres la de tu madre, la de su lucha por sacaros adelante a tu hermano y a ti.

-Sí, porque en realidad es la historia de una mujer que se queda viuda, que intenta recomponer su familia y tiene que enfrentarse a una sociedad que le está diciendo que si tú te quedas viuda tienes que ser viuda para toda la vida, como le pasó a mi abuela. Porque cuando una mujer se quedaba viuda había perdido el sentido de su vida y debía estar recluida en casa. Y además, se ponía en duda su propia capacidad de decisión como cabeza de familia, pero la cabeza de familia en mi casa ha sido mi madre toda la vida. 

Sufrí bastante escribiendo algunas escenas del libro, como la del día en que mamá y Javi, que eran pintores, deciden irse a vivir a París, siguiendo su sueño de iniciar una nueva vida. Sus familias estaban en contra de su relación y a mi madre la echaron del colegio de monjas donde trabajaba porque se enteraron de que tenía una relación siendo viuda. 

Durante ese viaje, pasada ya la frontera, pararon a descansar  y a fumar un cigarro y no ahumarnos a los niños. Entonces se preguntaron: ¿A dónde vamos? Y se pusieron a llorar. Era de madrugada y nosotros estábamos dentro, dormidos y no nos enteramos de nada. Y al pensar en este momento, me emociono, porque pienso en mis padres y en todo lo que nos han protegido. A pesar de los problemas, hemos sido unos niños muy felices. 

-¿Cómo han recibido el libro tus padres?

Cuando terminé el libro, se lo di a mi madre y a mi padre junto con un boli rojo y les dije, haced lo que queráis. Podéis tachar lo que os dé la gana, como si lo tacháis entero y lo meto en un cajón. Porque es mi historia, pero también es la suya. Cuando lo leyeron lloraron muchísimo, pero les gustó y me dijeron que adelante. 

En algunas entrevistas me preguntan si no me parece impúdico contar la historia de mi familia. Y yo digo que a nivel literario, como lector, me da igual la veracidad de los hechos cuando leo una novela. Pero además, a nivel moral, creo que vivimos una época en la que nos callamos todo respecto al domicilio. 

Antes, el domicilio era el lugar donde un hombre hacía lo que le daba la santa gana. Es decir, si un hombre le daba una hostia a su hijo o a su mujer y esa mujer lo contaba fuera, se le acusaba de impúdica, porque esas cosas tenían que quedar dentro. Y ahora en parte es igual. ¿Por qué un escritor no puede contar una historia que es real, que es la de sus padres, que es una historia maravillosa?

Además, ellos son pintores y en sus inicios nos retrataron mucho. De hecho, ha habido muchas exposiciones en Bilbao en las que aparezco en un retrato, entonces entienden que la imagen de la familia puede acabar en una obra, así que están muy felices. A mi madre le da mucha alegría esta publicación porque de mi padre no quedaba casi nada y ahora su historia, que estaba perdida en el tiempo, está recuperada y su foto está en la portada de un libro de Seix Barral. Para mí, como lector, es un sueño.

Cuando les decía a mis amigos que había quedado con mi padre, siempre había alguno que me decía tu padre no es, es tu padrastro

-La portada, además, igual que el libro, tiene un gran poso personal…

Sí, tiene historia. En realidad, la foto que elegí en un primer momento era una en la que aparecen mis padres en moto, pero cuando fui a poner la autoría de esta imagen en el libro me dijo mi madre que era de un amigo de su juventud, Luis Brox. Conseguí localizarle en La Rioja y cuando le conté la historia se emocionó muchísimo al ver aparecer al hijo póstumo de su amigo.

Me envió un archivo con una treintena de fotos de aquella época y al ver ésta, en la que aparece mi padre dando un beso a mi hermano mayor, me pareció muy tierna y me gustó mucho por la potencia que transmite. Está tomada en septiembre de 1974, dos meses antes de que muriera

-Tampoco podemos obviar el título, ’Libro de familia’, donde podemos intuir un alegato a la oficialidad de todos los tipos de familias…

Sí. De niño, sentía que todo el mundo atacaba a mi familia. Cuando les decía a mis amigos que había quedado con mi padre, siempre había alguno que me decía tu padre no es, es tu padrastro. No se trataba sólo de una pelea terminológica, iba más allá. Como en el matrimonio homosexual, no da igual si se llama matrimonio o no, es muy importante, porque diciendo las cosas se hacen. Cuando a alguien le dices te quiero, puedes utilizar otras palabras, pero no va a ser lo mismo. Y para mí, el nombre era fundamental. 

Yo a él no le llamaba aita, le llamaba Javi, pero cuando hablaba de él, decía mi padre. Y siempre había alguien que nos matizaba que no era nuestro padre y eso me producía mucho dolor.

Además, tuvieron que enfrentarse a la legalidad para que su familia fuera reconocida como familia, porque nosotros no éramos hijos de Javi. Y, cuando estaba pensando en el título, pensé en el libro de familia, un documento oficial que certifica que un grupo de personas son familia. Creo que hay que luchar por cambiar los documentos oficiales para que se amolden a todas las realidades.

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